VI DOMINGO
DE PASCUA (a)
Segunda
Lectura
Lectura de la primera carta del
apóstol san Pedro. 3, 15-18
Hermanos: Veneren en sus corazones a Cristo, el
Señor, dispuestos siempre a dar, al que las pidiere, las razones de la
esperanza de ustedes. Pero háganlo con sencillez y respeto y estando en paz con
su conciencia. Así quedarán avergonzados los que denigran la conducta cristiana
de ustedes, pues mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de
Dios, que padecer haciendo el mal. Porque también Cristo murió, una sola vez y
para siempre, por los pecados de los hombres: él, el justo, por nosotros, los
injustos, para llevarnos a Dios, murió en su cuerpo y resucitó glorificado.
Palabra de
Dios.
Vale la pena no dejar pasar este consejo de Pedro: “debemos estar dispuestos a dar las razones de nuestra esperanza”. ¿Cuáles serán estas razones? El Evangelio nos dará una pista cuando nos dice Jesús que el Espíritu de verdad, el Espíritu de Dios está con nosotros y de esta manera Cristo y el Padre están también con nosotros. Esta es nuestra esperanza, que no estamos solos, que en nuestro caminar lleno de gozos y sufrimientos, Dios camina con nosotros. Y en este caminar, Él nos ilumina, nos guía, nos anima, nos muestra la luz que nos lleva por el verdadero Camino de verdad y vida. Si aceptamos esto, Él se manifestará por nosotros. Cuando uno abre los ojos y se ve rodeado de violencia sin sentido, hambre por injusticias, familias destruidas por el egoísmo y la falta de perdón, niños sin esperanza de una vida digna; no cabe otra pregunta: ¡¿dónde esta nuestra esperanza?! Nuestra esperanza está en Cristo, pues si realmente dejamos que él habite por su Espíritu en nosotros, toda esta realidad podría cambiar. La gran pregunta es: ¿queremos cambiarlo? O Preferimos vivir así, siempre y cuando no afecte mi “pequeño mundo” que me rodea y me mantiene tranquilo.
Escuchemos el Evangelio para entender mejor nuestra misión.
Evangelio
Lectura del santo Evangelio según san
Juan 14, 15-21
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si me
aman, cumplirán mis mandamientos; yo le rogaré al Padre y él les enviará otro
Consolador que está siempre con ustedes, el Espíritu de verdad. El mundo no
puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, sí lo
conocen, porque habita entre ustedes y estará en ustedes.
No los dejaré desamparados, sino que volveré a ustedes. Dentro de poco, el mundo no me verá más, pero ustedes si me verán, porque yo permanezco vivo y ustedes también vivirán. En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes. El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también le amaré y me manifestaré a él”.
Palabra de Dios.
Una
vez más el contexto de estas palabras es la Ultima cena. Jesús sigue intentando
transmitir las verdades que necesitarán los discípulos para continuar su obra.
La semana pasada les había dicho Jesús que toda su vida sería el Camino, la
Verdad y la Vida; ahora les prometerá la presencia de otro Consolador, del
Espíritu Santo. Además, prometerá que estará vivo entre ellos, pues ellos lo
podrán ver.
Después
de tantos siglos en los que la Iglesia ha experimentado la presencia del
Espíritu Santo nos parece algo normal y lógica esta promesa, pero para los
discípulos que todavía no lograban entender la trascendencia de la obra de
Cristo, debió escucharse bastante extraña esta promesa. Sin embargo, muy pronto
comprenderían la trascendencia de dicha promesa, cuando movidos por este
Espíritu salieron a las calles y al Templo a anunciar la Buena Nueva de la
presencia del Resucitado. Pronto se dieron cuenta que era el Espíritu
Consolador el verdadero constructor del Reino de Dios y continuador de la obra
de Cristo. Ellos se sentían transformados por su presencia y además veían como a
través de Él los mismo actos que Jesús había realizado se volvían a realizar.
Así fueron comprendiendo los discípulos la gran importancia de la promesa de
Cristo. El Espíritu que él les prometió era el verdadero continuador y actualizador
de la obra de Cristo, es decir, de del Reino de Dios.
En
la segunda lectura de este domingo san Pedro nos exhorta a que “demos las
razones de nuestra esperanza”. Ahora la
pregunta cabe para nosotros, ¿cómo hemos experimentado nosotros la presencia
del Espíritu en nuestras vidas? Para ello cabe aclarar algo: la presencia del
Espíritu se manifestó cuando los discípulos se propusieron continuar la obra de
Cristo, es decir la construcción del Reino de Dios entre los hombres. Por lo
tanto, parecería que solo cuando se decidieron a llevar la Buena Nueva de la
presencia de Cristo Resucitado es que el Espíritu los transformó. Por lo tanto,
antes de preguntarnos si hemos experimentado su presencia en nuestras vidas, es
necesario preguntarnos si nos hemos decidido a construir el Reino de Dios en la
Tierra. Sólo cuando seamos conscientes y nos decidamos a buscar construir este
Reino con nuestras actitudes cotidianas podremos ir experimentando que este
Espíritu Consolador actúa en nosotros, nos fortalece, nos ilumina, y nos guía a
tomar las decisiones más correctas en la construcción de la Iglesia de Cristo.
¿Cómo
veo manifestada la presencia del Espíritu de verdad en mi vida? Busquemos esta
semana estar más atentos a la luz del Espíritu en decisiones que hemos de
tomar, acciones que vayamos a realizar o planeaciones que estemos haciendo.
Por
tu Pueblo
Para
tu Gloria
Siempre
tuyo Señor.
Héctor M. Pérez V.,
Pbro.
Primera
Lectura
Les impusieron las manos y
recibieron al Espíritu Santo.
Lectura del libro de los
Hechos de los Apóstoles. 8, 5-8. 14-17
En aquellos días, Felipe bajó a la
ciudad de Samaria y predicaba allí a Cristo. La multitud escuchaba con atención
lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los milagros que hacía y los
estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos, lanzando
gritos, y muchos paralíticos y lisiados quedaban curados. Esto despertó gran alegría
en aquella ciudad.
Cuando los apóstoles que estaban en
Jerusalén se enteraron de que Samaria había recibido la palabra de Dios,
enviaron allá a Pedro y a Juan. Estos, al llegar, oraron por los que se habían
convertido, para que recibieran al Espíritu Santo, porque aún no lo habían
recibido y solamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús.
Entonces Pedro y Juan impusieron las manos sobre ellos, y ellos recibieron al
Espíritu Santo.
Palabra
de Dios.
Salmo Responsorial
Del
salmo 65
Salmista: Las obras del Señor son admirables.
Aleluya.
Coro
1. Que aclame al Señor
toda la tierra. Celebremos su gloria y
su poder,
cantemos
un himno de alabanza, digamos al Señor: “Tu obra es admirable”
R/ Las obras del Señor son admirables.
Aleluya.
Coro
2 Que se postre ante ti la tierra entera y celebre con cánticos tu nombre.
Admiremos
las obras del Señor, los prodigios que ha hecho por los hombres.
R/ Las obras del Señor son admirables.
Aleluya.
Coro
1. El transformó el mar Rojo en tierra firme y
los hizo cruzar el Jordán a pie enjuto.
Llenémonos
por eso de gozo y gratitud: el Señor es eterno y poderoso.
R/ Las obras del Señor son admirables.
Aleluya.
Coro
2. Cuantos temen a Dios, vengan y escuchen, y
les diré lo que ha hecho por mí.
Bendito
sea Dios, que no rechazó mi súplica, ni me retiró su gracia.
R/ Las obras del Señor son admirables.
Aleluya.
Segunda Lectura
Murió en su cuerpo y
resucitó glorificado.
Lectura de la primera carta
del apóstol san Pedro. 3, 15-18
Hermanos: Veneren en sus corazones a
Cristo, el Señor, dispuestos siempre a dar, al que las pidiere, las razones de
la esperanza de ustedes. Pero háganlo con sencillez y respeto y estando en paz
con su conciencia. Así quedarán avergonzados los que denigran la conducta
cristiana de ustedes, pues mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la
voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal. Porque también Cristo murió, una
sola vez y para siempre, por los pecados de los hombres: él, el justo, por
nosotros, los injustos, para llevarnos a Dios, murió en su cuerpo y resucitó
glorificado.
Palabra
de Dios.
Aclamación
antes del Evangelio
R.- Aleluya,
aleluya.
El que me ama, cumplirá mi palabra,
dice el Señor;
y mi Padre lo amará y vendremos a
él. R.-
Aleluya, aleluya.
Oración
Colecta
Concédenos,
Dios todopoderoso, continuar celebrando con amor y alegría la victoria de
Cristo resucitado, y que el misterio de su Pascua transforme nuestra vida y se
manifieste en nuestras obras. Por nuestro
Señor Jesucristo.
Oración
sobre las Ofrendas
Acepta, Señor, los dones que te presentamos, y purifica
nuestros corazones para que podamos participar dignamente en este sacramento de
tu amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona
de la Comunión
Si me aman, cumplan mis mandamientos,
dice el Señor; y yo rogaré al Padre, y él les dará otro Abogado, que
permanecerá con ustedes para siempre.
Aleluya.
Oración
después de la Comunión
Dios
todopoderoso y eterno, que, en Cristo resucitado, nos haz hecho renacer a la vida
eterna, haz que este misterio pascual en el que acabamos de participar por
medio de la Eucaristía, dé en nosotros abundantes frutos de salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.