Lectura del
libro del profeta Ezequiel.
33, 7-9
Esto dice el Señor: “A ti,
hijo de hombre, te he constituido centinela para la casa de Israel. Cuando
escuches una palabra de mi boca, tú se la comunicarás de mi parte. Si yo
pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es malvado, y tú no lo
amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa,
pero yo te pediré a ti cuentas de su vida.
En cambio, si tú lo amonestas para que deje su mal
camino y él no lo deja, morirá por su culpa,
pero tú habrás salvado tu vida”.
Palabra de Dios.
Reflexión
El centinela era un personaje muy
importante en tiempos del profeta Ezequiel, pues de él dependía la tranquilidad
de la ciudad ya que en sus manos estaba el advertir a los demás de cualquier
posible ataque a su ciudad. De tal manera que si el centinela advertía la
presencia del enemigo y su pueblo no respondía, no sería culpa de él la
derrota; pero si por algún motivo el centinela no advertía la cercanía del
enemigo, el tendría que cargar con la responsabilidad de todas las muertes.
No parece tarea fácil la de un centinela,
y menos si lo que tiene que advertir son las desviaciones de su pueblo con
respecto a la voluntad de Dios. Pero Dios, porque quiere que todo su pueblo se
salve ha decidido nombrar a Ezequiel centinela de su Pueblo. Esta vocación no
la recibe Ezequiel por su santidad, sino por el amor de Dios a su Pueblo.
Escuchemos ahora el Evangelio con esta perspectiva.
Lectura del
santo Evangelio según san Mateo 18, 15-20
En aquel
tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si tu hermano comete un pecado, ve y
amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace
caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga
conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a
la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un
pagano o de un publicano.
Yo les aseguro que todo lo que
aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la
tierra quedará desatado en el cielo. Yo les aseguro también, que si dos de
ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre
celestial se los concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí
estoy yo en medio de ellos”.
Palabra del Señor.
Este pasaje está dentro de un conjunto de
normas que Jesús da a la comunidad; en los primeros versículos del capítulo 18
Jesús habla sobre la grandeza de los niños dentro de una comunidad, además de
la parábola de la oveja perdida por la cual el pastor deja las noventa y nueve
para buscarla. En seguida viene esta sentencia de Jesús que escuchamos este
domingo, donde toca el tema de los pecadores dentro de la comunidad. ¿Qué se ha
de hacer cuándo alguien de la comunidad caiga en un pecado grave, o se aleje de
ésta?
Es interesante la responsabilidad que Jesús le da a la comunidad por cada uno de sus miembros. Es decir, para Jesús cada miembro de la comunidad es importante y si se pierde es responsabilidad de la comunidad el hacerlo “regresar”; más si éste al fin y al cabo en su libertad no lo quiere así, uno no puede forzarlo.
Jesús retoma así la vocación profética
que Ezequiel había recibido de ser centinela de su pueblo (primera lectura). Sin
embargo ahora, esta vocación no le corresponde sólo a un miembro de la
comunidad sino a todos y cada uno de los miembros que formamos el Cuerpo de
Cristo, pues participamos como miembros de Cristo de su misión profética. En
palabras claras, podemos decir que desde que fuimos bautizados, nos fue
encomendada la tarea de “guardar” por la salvación no sólo nuestra sino también
la de nuestros hermanos y por lo tanto al ver que alguien cercano se aleja, es
nuestro deber el buscar acercarlo con prudencia y caridad de nuevo al Señor.
¿Cómo afecta esta enseñanza nuestro
diario vivir? Jesús pone en nuestras manos un instrumento muy delicado, él nos
dice que tenemos en nuestras manos el poder de “atar y desatar”, es decir el
poder de unir o desunir; por lo tanto, es responsabilidad de todos el que como
comunidad sigamos al Señor, y si alguien se aleja es nuestra obligación buscar acercarlo
de nuevo.
Esta misión de corregir o llamar a la
comunión a alguna persona que se ha alejado no nos corresponde porque seamos
más santos o mejores, sino por ser miembros de Cristo. Por eso cuando nos
acercamos a hacer una corrección fraterna hagámoslo con humildad, sabiendo que
uno puede pasar por la misma situación.
Jesús nos da tres características
esenciales para hacer una corrección fraterna: que la corrección busque la
salvación de la persona y no sólo verse beneficiado por el cambio de esa persona;
que lo hagamos con caridad, y que acompañemos siempre nuestras correcciones con
la oración.
Abramos los ojos y volteemos a ver quién
camina a nuestro lado, pues en nuestro prójimo está nuestra salvación. No es
opción, el camino al cielo es camino de comunión y no de individualidad.
Esta semana, ayuda a alguien que te
rodea: tal vez lo que necesita es de tu tiempo, de tu corrección, de tu perdón,
de tu atención; recuerda que si logras reconciliarlo con Dios, has encontrado
la salvación para él y para ti también.
Por tu Pueblo,
Para tu Gloria,
Por siempre tuyo Señor.
Héctor M. Pérez V., Pbro.
Resto
de las lecturas
Salmo Responsorial
Del Salmo 94
Salmista: Señor, que no seamos sordos a tu voz.
Coro
1. Vengan, lancemos vivas al Señor, aclamemos al Dios que nos salva.
Acerquémonos
al él, llenos de júbilo, y démosle
gracias.
R/ Señor, que no seamos sordos a tu voz.
Coro
2 Vengan, y puestos de rodillas,
adoremos
y bendigamos al Señor, que nos hizo,
pues
él es nuestro Dios y nosotros, su pueblo,
él
nuestro pastor y nosotros, sus ovejas.
R/ Señor, que no seamos sordos a tu voz.
Coro
1. Hagámosle caso al Señor, que nos dice:
“No
endurezcan su corazón, como el día de la rebelión en el desierto,
cuando
sus padres dudaron de mí, aunque habían visto mis obras”.
R/ Señor, que no seamos sordos a tu voz.
Segunda
Lectura
Cumplir perfectamente la
ley consiste en amar.
Lectura
de la carta del apóstol san Pablo a los romanos. 13, 8-10
Hermanos: No tengan con nadie otra
deuda que la del amor mútuo, porque el que ama al prójimo, ha cumplido ya toda
la ley.
En
efecto, los mandamientos que ordenan: “No cometerás adulterio, no robarás, no
matarás, no darás falso testimonio, no codiciarás” y todos lo otros, se resumen
en éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, pues quien ama a su prójimo no
le causa daño a nadie. Así pues, cumplir perfectamente la ley consiste en amar.
Palabra de
Dios.
Aclamación
antes del Evangelio
R.- Aleluya,
aleluya.
Dios
ha reconciliado consigo al mundo, por medio de Cristo,
y nos ha encomendado a nosotros el
mensaje de la reconciliación.
R.- Aleluya, aleluya.