IV  DOMINGO DE CUARESMA

Ciclo A

 

 

Segunda Lectura

Levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los efesios:        5,  8-14

            Hermanos: En otro tiempo ustedes fueron tinieblas, pero ahora, unidos al Señor, son luz. Vivan, por lo tanto, como hijos de la luz. Los frutos de la luz son la bondad, la santidad y la verdad. Busquen lo que es agradable al Señor y no tomen parte en las obras estériles de los que son tinieblas.

            Al contrario, repruébenlas abiertamente; porque si bien las cosas que ellos hacen en secreto da rubor aun mencionarlas, al ser reprobadas abiertamente, todo queda en claro, porque todo lo que es iluminado por la luz se convierte en luz.

     Por eso se dice: Despierta, tú que duermes; levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz

Palabra de Dios.             

 

Reflexión

Pablo nos habla desde su cautiverio en Roma (Hacia el final de su vida como Apóstol). Años han pasado desde que él vio esa “gran Luz” en su camino a Damasco que transformó su vida por completo. Ahora parece hablar con la fuerza de su testimonio, con la melancolía de quien ha entregado su vida por esa Luz que es Cristo y ahora no quiere que quienes la han recibido la pierdan. Pareciera que habla con aquel “abuelo” que exhorta a su nieto a vivir rectamente, según los ideales que él forjo con su cansancio y su sudor. “¡Vivan como hijos de la Luz!”, gritará Pablo a quienes han recibido a Cristo. Quiere grabar estas palabras en los corazones de los cristianos; antes habían vivido según los valores que la sociedad les había presentado, y por eso vivían en la oscuridad; pero ahora, ellos eran “hijos de Dios”, iluminados por su gracia. ¿Cómo poder seguir actuando igual?  Veamos que le sucede a un ciego de nacimiento que ha visto transformada su vida por “un hombre llamado Jesús”.

 

 

EVANGELIO

Fue, se lavó y volvió con vista.      

Lectura del santo Evangelio según san Juan  9,   1-41

            En aquel tiempo, Jesús vio pasar a un ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó para que éste naciera ciego, él o sus padres?” Jesús respondió: “Ni él pecó, ni tampoco sus padres. Nació así para que en él se manifestaran las obras de Dios. Es necesario que yo haga las obras del que me envió, mientras es de día, porque luego llega la noche y ya nadie puede trabajar. Mientras esté en el mundo, yo soy la luz del mundo”.

            Dicho esto, escupió en el suelo, hizo lodo con la saliva, se lo puso en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a lavarte en la piscina de Siloé” (que significa (‘ Enviado ‘). El fue, se lavó, y volvió con vista.

            Entonces los vecinos y los que lo habían visto antes pidiendo limosna, preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?” Unos decían: “Es el mismo”. Otros: “No es él, sino que se le parece”. Pero él decía: “Yo soy” Y le preguntaban: “Entonces, ¿cómo se te abrieron los ojos?” El les respondió: “El hombre que se llama Jesús hizo lodo, me lo puso en los ojos y me dijo: ‘Ve a Siloé y lávate’. Entonces fui, me lavé y comencé a ver”. Le preguntaron: ¿En dónde está él? Les contestó: “no lo se”.

            Llevaron entonces ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día en que Jesús hizo lodo y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaron cómo había adquirido la vista. El les contestó: “Me puso lodo en los ojos, me lavé y veo”. Algunos de los fariseos comentaban: “Ese hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado”. Otros preguntaban: ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes prodigios?” Y había división entre ellos. Entonces volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú,¿ qué piensas del que te abrió los ojos?” El les contestó: “Que es un profeta”.

            Pero los Judíos no creyeron que aquel hombre, que había sido ciego, hubiera recobrado la vista. Llamaron, pues, a sus padres y les preguntaron: “¿Es éste tu hijo , del que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres contestaron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego. Cómo es que ahora ve o quién le haya dado la vista, no lo sabemos. Pregúntenselo a él; ya tiene edad suficiente y responderá por sí mismo”. Los padres del que había sido ciego dijeron esto por miedo a los judíos, porque estos ya habían convenido en expulsar de la sinagoga a quien reconociera a Jesús como el Mesías. Por eso sus padres dijeron: ‘Ya tiene edad; pregúntenle a él’.

            Llamaron de nuevo al que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es pecador”. Contestó él: “Si es pecador, yo no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo”. Le preguntaron otra vez: “¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos? Les contestó: “Ya se los dije a ustedes y no me han dado crédito. ¿Para qué quieren oírlo otra vez? ¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” Entonces ellos lo llenaron de insultos y le dijeron: “Discípulo de ése lo serás tú. Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios. Pero ése, no sabemos de donde viene”.

            Replicó aquel hombre: “Es curioso que ustedes no sepan de donde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero al que lo teme y hace su voluntad, a ése sí lo escucha. Jamás se había oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder”. Le replicaron: Tú eres puro pecado desde que naciste, ¿Cómo pretendes darnos lecciones?” Y lo echaron fuera.

            Supo Jesús que habían echado fuera, y cuando o encontró, le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” El contestó: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?” Jesús le dijo: “Ya lo has visto; porque el está hablando contigo, ése es” El dijo: “Creo, Señor”. Y postrándose, lo adoró.

            Entonces le dijo Jesús: “Yo he venido a este mundo para que se definan los campo: para que los ciegos vean, y los que ven queden ciegos” Al oír esto, algunos fariseos que estaban con él le preguntaron: “¿Entonces, también nosotros estamos ciegos?” Jesús les contestó: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, siguen en su pecado”.

Palabra del Señor.             

 

REFLEXIÓN

EL TEXTO

Toda la narración del Evangelio tiene la estructura de un signo, con el cual Jesús quiere dar testimonio de la salvación que él ha venido a traer. Analicemos las actitudes de Jesús y el ciego.  Por un lado Jesús se acerca al ciego, realiza un acto bastante extraño (hacer lodo y ponérselo en los ojos) y le pide que se vaya a “lavar” a la piscina de Siloé. Dos interpretaciones se le han dado a este hecho: san Ireneo habla que el lodo que hace Jesús representa la “arcilla” con la que Dios creó al hombre, de tal manera que Jesús estaría “recreando” al hombre nuevo, al hombre salvado por su presencia. San Agustín, nos dice que el agua de Siloé es el agua del bautismo, que habría introducido al ciego a la nueva vida de la fe. Jesús se muestra en estas dos interpretaciones como el salvador, que ha venido a traer plenitud a la creación.

Por otro lado, está el ciego, vemos a lo largo del texto que el ciego va a ir avanzando en su confesión de Dios: al preguntársele por primera vez, ¿quién lo había sanado? Él responde: “el hombre que se llama Jesús”. Después ante los escribas y fariseos, el ex-ciego proclamará: “es un profeta”. Posteriormente al encontrarse con Jesús, el ciego se referirá a Jesús como: “Señor”. Y por último, vuelve Jesús a escena para preguntarle, ¿crees tu en el Hijo del hombre? A lo que el ciego responderá: “creo, Señor”.  ¡Vaya camino de salvación que vivió este ciego! Lo que nosotros vivimos en años de vida, el ciego lo experimentó en uno o dos días. Él supo reconocer no sólo que ya podía ver, sino que quien le había permitido tener la vista era su Salvador. Esta confesión, por más obvia que nos parezca, no lo es, pues quienes convivían con este ciego confesaron exactamente lo opuesto: que Jesús era un pecador.

 

ACTUALIDAD

Muchas veces hemos visto que ante un mismo hecho existen dos o más interpretaciones. Tal como sucedió con el ciego y los fariseos, nosotros también podemos reconocer la presencia de Dios o rechazarla. Pensemos en una crisis económica familiar, en una enfermedad terminal, en la muerte de un familiar o en alguna tragedia personal. ¿Cuántas veces estos hechos han servido para alejar a más de uno de la presencia y el amor de Dios? Escuchamos reclamos, enojos, críticas a la manera de proceder de Dios y al final la ruptura de la relación de fe. Sin embargo, ante estos mismos sucesos, nos hemos encontrado con personas que habiendo tenido una relación tibia con Dios, pasan a vivir una relación intensa de presencia del amor de Dios, de confianza absoluta, de una esperanza que hasta a ellos mismos los sorprende. Esto fue lo que vivió el ciego de nacimiento. Él vivía como rechazado de Dios, condenado a la ceguera por el pecado de sus parientes; sin embargo, Jesús se vale de esta condición para irlo acercando al amor de Dios, de tal manera que el gran milagro no fue la curación física (pues cuando murió sus ojos no volvieron a ver más), sino la relación de amor en la que fue introducido el ciego que jamás terminaría. Esta es la salvación que Jesús quiere ofrecernos. Una salvación que vence cualquiera obstáculo, ya sea una enfermedad física o del corazón, ya sea una crisis personal o familiar; Jesús está para abrazarnos, amarnos y abrirnos los ojos a la verdadera luz, la luz del amor que todo lo puede en aquel que nos ha amado primero.

 

PROPÓSITO

Estamos en cuaresma, tiempo de purificación, pero también tiempo de claridad y de luz. Las tinieblas del pecado no se vencen con más oscuridad, ni con corazones “apachurrados”. Las tinieblas del corazón sólo se vencen con la luz. Por eso esta semana podemos seguir el consejo de san Pablo: “Vivan, por lo tanto, como hijos de la luz”.

 

Por tu Pueblo,

Para tu Gloria,

Siempre tuyo Señor.

 

Héctor M. Pérez V., Pbro.

padrehector@reflexion.org.mx

http://www.reflexion.org.mx

 

Resto de las lecturas

Primera Lectura

David es ungido como rey de Israel.

Lectura  del primer libro de Samuel   16, 1.  6-7.    10-13

 

            En aquellos días, dijo el Señor a Samuel: “Ve a la casa de Jesé en Belén, porque de entre sus hijos me he escogido un rey. Llena, pues, tu cuerno de aceite para ungirlo y vete”

            Cuando llegó Samuel a Belén y vio a Eliab, el hijo mayor de Jesé, pensó: “este es, sin duda, el que voy a ungir como rey”. Pero el Señor le dijo: “No te dejes impresionar por su aspecto ni por su gran estatura , pues yo lo he descartado, porque yo no juzgo como juzga el hombre. El hombre se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en los corazones”.

            Así fueron pasando ante Samuel siete de los hijos de Jesé; pero Samuel dijo: “¿Son estos todos tus hijos?” El respondió: “Falta el más pequeño, que está cuidando el rebaño”. Samuel le dijo: “Hazlo venir, porque no nos sentaremos a comer hasta que llegue”. Y Jesé lo mandó llamar.

            El muchacho era rubio, de ojos vivos y buena presencia. Entonces el Señor dijo a Samuel: Levántate y úngelo, porque éste es”. Tomó Samuel el cuerno con aceite y lo ungió delante de sus hermanos.

Palabra de Dios.

 

Salmo Responsorial               

del Salmo 22

Salmista:          El Señor es mi pastor, nada me falta

 

Coro 1.-     El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace reposar

                  y hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas.

                                    R/ El Señor es mi pastor, nada me falta

 

Coro 2.       Por ser un Dios fiel a sus promesas, me guía por el sendero recto;

                   así, aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú estás conmigo.

                   Tu vara y tu cayado me dan seguridad.      

                                    R/ El Señor es mi pastor, nada me falta  

 

Coro 1.-     Tú mismo me preparas la mesa, a despecho de mis adversarios;

                 me unges la cabeza con perfume y llenas mi copa hasta los bordes.

                                    R/ El Señor es mi pastor, nada me falta

 

Coro 2.       Tu bondad y tu misericordia me acompañarán

                   todos los días de mi vida    y viviré en la casa del Señor por años sin término.

                        R/ El Señor es mi pastor, nada me falta

 

Aclamación antes del Evangelio

Honor y Gloria a ti, Señor Jesús.  

                  Yo soy la luz del mundo, dice el Señor;  el que me sigue tendrá la luz de la vida.

Honor y Gloria a ti, Señor Jesús.  

 

Oración Colecta

            Dios nuestro, que has reconciliado contigo a la humanidad entera por medio de tu Hijo, concede al pueblo cristiano prepararse con fe viva y entrega generosa a celebrar las fiestas de la Pascua.     Por nuestro Señor Jesucristo…

 

Oración sobre las Ofrendas

            Te presentamos, Señor, llenos de alegría, estas ofrendas para el sacrificio y pedimos tu ayuda para celebrarlos con fe sincera y ofrecerlo dignamente por la salvación del mundo.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

Antífona de la Comunión

                   Deberías alegrarte, hijo mío, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado.

 

Oración después de la Comunión

                   Dios nuestro, luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo, ilumina nuestros corazones con el resplandor de tu gracia, para que nuestros pensamientos te sean agradables y te amemos con toda sinceridad.

Por Jesucristo, nuestro Señor.