II Domingo
de Cuaresma (a)
Nota: Durante cuaresma elegiré la segunda lectura para
nuestra reflexión además del Evangelio, pues es ésta la que irá haciendo “eco”
al Evangelio. La primera lectura, que usualmente complementa al Evangelio,
cambia de intención durante la cuaresma. En las primeras lecturas de cuaresma
se va narrando la historia de salvación del AT, preparando el anuncio de la
Nueva Alianza establecida en la Pascua.
SEGUNDA LECTURA
Lectura de la segunda carta del apóstol san
Pablo a Timoteo: 1,8-10
Querido hermano: Comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios. Pues Dios es quien nos ha salvado y nos ha llamado a que le consagremos nuestra vida, no porque lo merecieran nuestras buenas obras, sino porque así lo dispuso él gratuitamente.
Este don, que Dios ya nos ha concedido por medio de Cristo Jesús desde toda la eternidad, ahora se ha manifestado con la venida del mismo Cristo Jesús, nuestro salvador, que destruyó la muerte y ha hecho brillar la luz de la vida y de la inmortalidad, por medio del Evangelio.
Palabra de Dios.
Este pasaje es escrito por el apóstol Pablo desde la prisión, por eso le pedirá a su discípulo Timoteo que comparta sus sufrimientos. Pero lo más interesante de este pasaje es el motivo por el cual Pablo está dispuesto a sufrir e inclusive se siente con las fuerzas para pedir a otros que sufran con él. Este motivo será que: el Don de la salvación, el don de la vida y la inmortalidad, ha sido manifestado en Cristo Jesús. Es decir, vale la pena sufrir por tal Don, no para ganarlo, ¡pues éste ha sido otorgado gratuitamente!, sino para manifestar que ya lo hemos recibido.
Que genialidad de la Pablo para transmitir tan grande verdad. Cuántas veces no vivimos buscando “ganarnos el cielo”, cuando en realidad esta vida divina que tanto queremos alcanzar ya la tenemos en nuestro interior. Este domingo escucharemos precisamente cómo esta vida divina que Jesús poseía y que nos compartió se manifiesta de manera gloriosa en la transfiguración.
EVANGELIO
Su rostro se puso resplandeciente
como el sol.
Lectura del santo Evangelio según san Mateo. 17, 1-9
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, Santiago y a Juan, el hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como l a nieve. De pronto aparecieron ante ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.
Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Señor, ¡qué bueno sería quedarnos aquí! Si quieres haremos tras chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”.
Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella salió una voz que decía: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas mis complacencias; escúchenlo”. Al oír esto, los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y les dijo: “Levántense y no teman”. Alzando entonces los ojos, ya no vieron a nadie más que a Jesús.
Mientras bajaban del monte, Jesús
les ordenó: “No le cuenten a nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del
hombre haya resucitado de entre los muertos”.
Palabra del
Señor.
EL TEXTO
Este es otro pasaje como el de las Bienaventuranzas, yo les llamo “iconos” del Evangelio, por que nos muestran con figuras sencillas realidades profundas que a veces no podemos contemplar con una primera lectura. Así, este pasaje de la transfiguración como que nos cuesta mucho podernos imaginar a Moisés y Elías platicando con Jesús, y éste iluminado por una luz que brotaba de su interior que cegaba a los apóstoles. Yo sé que ahora con los efectos del cine no es muy difícil realizar este escena, pero contemplarla en la realidad, creo que habrá sido bastante desconcertante para los apóstoles. En fin, tratemos de profundizar en las verdades más profundas que encontramos en este pasaje.
Tomemos en cuenta que Jesús les acaba de anunciar su próxima pasión, muerte y resurrección en Jerusalén, y los discípulos no habían comprendido porque lo decía; de hecho Jesús le había dicho a Pedro: “Aléjate de mi Satanás” porque quería persuadirlo de no ir a Jerusalén a morir. La transfiguración será así, una confirmación a los apóstoles de la vida divina, de la gloria de la que Jesús daba testimonio. Es esta vida divina, esta gran luz que salía desde el interior de Jesús, la que se ha de manifestar después de su muerte en su resurrección. Esta vida divina, es el perfecto cumplimiento de lo que Dios quiso transmitir al hombre a través de su primera Alianza (Moisés) y de los Profetas (Elías); por eso estos dos personajes serán importantes en tal contemplación. Así, la transfiguración podríamos decir que es la manifestación de la vida de gracia que Jesús llevaba en su interior.
¿Y todo esto a nosotros qué? La segunda lectura nos da la pauta: “Este don, Dios nos lo ha concedido por medio de Cristo Jesús desde toda la eternidad.” ¿Cuántas veces no vivimos buscando “ganarnos el cielo”, cuando en realidad esta vida divina que tanto queremos alcanzar ya la tenemos en nuestro interior? Desde que fuimos bautizados ¡todos somos hijos de Dios, en quien él se complace! ¿Realmente vivimos como los hijos de Dios que somos? Nos dejamos “transfigurar” por la vida divina que llevamos dentro de nosotros. Muchos de nosotros vivimos como si lo bueno y la felicidad estuvieran tan lejos de nosotros, que parecerían inalcanzables. Sin embargo, hoy nos dice este Evangelio, que esa bondad y felicidad que buscamos alcanzar la llevamos en nuestro interior.
Transfigurarnos significaría así: dejar que la caridad venza nuestro rencor, que nuestra fe y esperanza venzan nuestro miedo, que nuestra generosidad venza nuestra insensibilidad y ceguera para reconocer la necesidad de mi prójimo. Esa luz que cegó a los apóstoles la llevamos nosotros en nuestro interior. Estoy seguro que cada uno conoce mejor qué significa para él transfigurarse, es decir vivirse desde esa vida divina de hijos de Dios que desde el bautizo hemos recibido gratuitamente.
En la cuaresma buscamos convertirnos, transformar nuestras flaquezas y debilidades. Hoy nos dice Jesús, dónde podemos encontrar la fuerza para lograr esa trasformación... en la vida que Él mismo ha “sembrado” en nuestro interior. Proponte dos virtudes que quieras vivir intensamente esta semana y te aseguro que las faltas disminuirán por sí solas. La luz siempre aleja a las tinieblas.
Por tu pueblo,
Para tu gloria,
Siempre tuyo Señor.
Héctor M. Pérez V., Pbro.
Primera Lectura
Vocación de Abraham, padre del pueblo de Dios.
Lectura del libro del Génesis 12, 1-4
En aquellos días, dijo el Señor a Abram: “Deja tu país, a tu parentela y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te mostraré. Haré nacer de ti un gran pueblo y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre y tú mismo serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan. En ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra”. Abram partió, como se lo había ordenado el Señor.
Palabra de
Dios.
Salmo Responsorial
del Salmo 32
Salmista: Señor, ten misericordia de
nosotros.
Coro 1.- Sincera es la palabra del Señor y todas sus acciones son leales.
El ama la justicia y el derecho, la tierra llena está de sus bondades.
R/ Señor, ten misericordia de nosotros.
Coro 2. Cuida el Señor de aquellos que lo temen y en su bondad confían;
los salva de la muerte y en épocas de hambre les da vida.
R/ Señor, ten misericordia de nosotros.
Coro 1.- En el Señor está nuestra esperanza, pues él es nuestra ayuda y nuestro amparo.
Muéstrate bondadoso con nosotros, puesto que en ti, Señor, hemos confiado.
R/ Señor, ten misericordia de nosotros.
Aclamación antes del
Evangelio
Honor y Gloria
a ti, Señor Jesús.
En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre, que decía:
“Este es mi Hijo amado: escúchenlo”.
Honor y Gloria
a ti, Señor Jesús.
Oración Colecta
Señor. Padre santo, que nos mandaste escuchar a tu amado Hijo, alimenta nuestra fe con tu palabra y purifica los ojos de nuestro espíritu, para que podamos alegrarnos en la contemplación de tu gloria.
Por nuestro Señor Jesucristo…
Oración sobre las
Ofrendas
Que esta ofrenda, Señor, nos obtenga el perdón de nuestros pecados y nos santifique en el cuerpo y en el alma para que podamos celebrar dignamente las festividades de la Pascua.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de la Comunión
Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenlo.
Oración después de la
Comunión
Te damos gracias, Señor, porque al darnos en este sacramento el Cuerpo glorioso de tu hijo, nos permites ya, desde este mundo, de los bienes eternos de tu Reino.
Por Jesucristo, nuestro Señor.