Tercer Domingo de Adviento

Ciclo A

                          

 

SEGUNDA LECTURA

Manténganse firmes, porque el Señor está cerca.

Lectura de la carta del apóstol Santiago.      5,  7-10

            Hermanos: Sean pacientes hasta la venida del Señor. Vean cómo el labrador, con la esperanza de los frutos preciosos de la tierra, aguarda pacientemente las lluvias tempraneras y las tardías. Aguarden también ustedes con paciencia y mantengan firme el ánimo, porque la venida del Señor está cerca.

            No murmuren, hermanos, los unos de los otros, para que el día del juicio no sean condenados. Miren que el juez ya está a la puerta. Tomen como ejemplo de paciencia en el sufrimiento a los profetas, los cuales hablaron en nombre del Señor.

Palabra de Dios.

 

REFLEXIÓN

Tomé esta vez la segunda lectura en lugar de la primera, por que nos presenta una imagen bellísima de lo que es la espera y me gustaría comentarla.

La carta de del apóstol Santiago nos habla de la espera de los campesinos. Esta imagen ilustra bellamente cuál es nuestra misión en la tierra respecto al crecimiento o instauración del Reino de Dios. Me explico:

Tal como el trabajador labra día a día, de sol a sol la tierra, con paciencia, esmero, ilusión; así hemos nosotros de buscar vivir e instaurar la justicia y la paz en nuestra sociedad con tesón, con esmero, con ilusión de que algún día el bien y la paz triunfarán definitivamente sobre el mal  y la violencia. Los campesinos “arrojan” la semilla y trabajan la tierra sin saber si lloverá o no para que su trabajo de fruto; pero ellos de todos modos lo hacen por que CONFÍAN, en que Dios nunca los deja solos y los bendecirá con la lluvia. Es decir, ellos están conscientes que quien hace brotar el fruto no son ellos, sino la lluvia, la tierra y la naturaleza. Pero también saben que si no ponen su trabajo, este proceso jamás se dará.

Bueno, de la misma manera podemos decir que va creciendo el Reino de Dios entre nosotros. Uno trabaja la tierra, día a día, siembra la semilla, pero es consciente que quien hace crecer este Reino es la Gracia de Dios, es el Espíritu Santo, es la presencia del Resucitado. Aunque hemos de ser conscientes, como los campesinos, que sin nuestro trabajo, este Reino nunca se realizará. Esta es una imagen preciosa para explicar lo que ya comentaba en otros domingos a cerca de la “Esperanza activa”.

En el Evangelio veremos como Jesús ha comprendido bien esta dinámica de salvación. Pues él pone su parte sanando enfermos y expulsando demonios, predicando a los pobres, pero sabe que el Reino es mucho más que estos milagros, o esta predicación; ellos son solamente figura, semilla. El verdadero Reino se ha de ir instaurando conforme todos los hombres asumamos este mensaje y Dios haga su parte de hacerlo crecer.

 

EVANGELIO

¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.   11,  2-11

            En aquel tiempo, Juan se encontraba en la cárcel, y habiendo oído hablar de las obras de Cristo, le mandó preguntar por medio de dos discípulos: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”  Jesús les respondió: “Vayan a contar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de la lepra, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Dichoso aquel que no se sienta defraudado por mí”.

            Cuando se fueron los discípulos, Jesús se puso a hablar a la gente acerca de Juan: “¿Qué fueron ustedes a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? No. Pues entonces, ¿qué fueron a ver? ¿A un hombre lujosamente vestido? No, ya que los que visten con lujo habitan en los palacios. ¿A qué fueron, pues? ¿A ver a un profeta? Si, yo se los aseguro; y a uno que es todavía más que profeta. Porque de él está escrito: He aquí que yo envío a  mi mensajero para que vaya delante de ti y te prepare el camino. Yo les aseguro que no ha surgido entre los hijos de una mujer ninguno más grande que Juan el Bautista. Sin embargo, el más pequeño en el Reino de los cielos, es todavía más grande que él”.

Palabra del Señor.

 

REFLEXIÓN

EL TEXTO

La situación que nos marca el texto sería algo parecido a lo siguiente: Jesús ha comenzado a predicar fuera de los círculos de Juan el Bautista, dónde había comenzado; su fama crecía día a día por sus prodigios y su sabiduría. Al mismo tiempo, Juan el Bautista había sido encarcelado y no veía pronta su liberación. Pero el problema era que Juan, con unos esquemas del Antiguo Testamento, había anunciado un mesías de violencia, que vendría con “el bieldo en la mano”, y Jesús no actuaba de tal manera, sino que sanaba a los enfermos y proclamaba la justicia y la paz para los oprimidos. Por eso Juan pregunta: “¿eres tú el que ha de venir?” Juan no comprendía bien por qué este cambio de modelo.

Jesús no quería lidiar con la figura de mesías, pues ésta tenía múltiples interpretaciones, incluso contradictorias. Por eso Jesús habla más bien del Reino de Dios, o del reinado de Dios entre los hombres. Para dar este giro se vale de las figuras del Antiguo Testamento, en concreto de Isaías. Al hablar de que los ciegos veían y los cojos andaban y que la Buena Nueva se les predicaba a los pobres, Jesús estaba situando sus acciones en relación a la anunciada por el profeta Isaías (primera lectura de hoy). Ésta práctica en Isaías sería señal de la presencia de Dios entre su pueblo. Por eso, interpretando la respuesta de Jesús, podemos decir que él busca hacer clara la presencia del reinado de Dios, más que proclamarse como mesías.

 

ACTUALIDAD

La pregunta que nos puede surgir hoy es la siguiente: ¿sólo haciendo milagros se hace presente el Reino de Dios? Porque si fuera así, podríamos afirmar que estamos lejos del Reino. Pero gracias a Dios no es este el mensaje de Jesús. Para él los milagros que hacía eran una manera de introducir de nuevo a la sociedad a todos aquellos que eran excluidos, olvidados, rechazados en su tiempo. En aquel entonces, un enfermo era un rechazado de Dios y por lo tanto de la sociedad. Por eso, al curarlos, Jesús intentaba hacerles ver que Dios estaba con ellos, que no los rechazaba, sino que los amaba y los reintegraba a la sociedad. Por lo tanto, los milagros los podemos seguir haciendo cuando nosotros no nos dejemos llevar por los mecanismos sociales que excluyen a algunos de ciertos privilegios. Así, el pobre está muchas veces excluido de una buena educación, o el pordiosero está considerado como persona “no deseable” de verle en las calles; la mujer no puede ocupar puestos de decisión (muchas veces) y los discapacitados no tiene como subirse al metro o a la mayoría del transporte público por que “es muy caro” tomarlos en cuenta. Esta era la gente que Jesús trató de reintegrar a la vida social con sus milagros.

Al parecer lo que Jesús busca es “acabar con las estructuras de violencia” de la sociedad, instaurando estructuras de mayor comprensión, tolerancia y respeto a las libertades y limitaciones del otro. Pero muchas veces creo que nosotros lo hemos comprendido un poco mal, pues queremos que todos crean, y actúen como nosotros creemos y actuamos. Quien no lo haga así, lo “excluimos” de nuestro horizonte de relaciones. Hemos estrechado el mensaje de Jesús a unas cuantas prácticas religiosas, a veces hasta excluyentes, y hemos dejado fuera toda la fuerza social que implica aceptar plenamente el mensaje del Reino.

 

PROPÓSITO

Hay una frase del profeta Isaías que me parece ilumina mucho la enseñanza final de este evangelio: “Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos” (Is 55,8). ¿Cuál es la imagen del Reino de Dios que nosotros poseemos? ¿Si la comparamos a la que Jesús nos presenta hoy, encontramos semejanza? El salvador, ha venido, y se ha quedado con nosotros, esto es lo que celebramos en Navidad. Pero, ¿seríamos capaces de reconocerlo si nos lo topáramos de frente? Busquemos confrontar nuestros criterios con los criterios de Jesucristo. Busquemos romper con las estructuras de exclusión, con las actitudes de rechazo que vivimos como sociedad y en nuestras familias. Sigámonos preparando para la llegada de nuestro salvador transformando nuestra visión de la salvación según los criterios que el Evangelio nos ha presentado hoy.

 

Por tu Pueblo,

Para tu Gloria,

Siempre tuyo Señor.

 

Héctor M. Pérez V., Pbro.

padrehector@reflexion.org.mx

http://www.reflexion.org.mx

 

Resto de las lecturas

Primera Lectura

Dios mismo vendrá y nos salvará.

Lectura  del libro del profeta Isaías   35,  1-6.  10

            Esto dice el Señor: “Regocíjate, yermo sediento. Que se alegre el desierto y se cubra de flores, que florezca como un campo de lirios, que se alegre y dé gritos de júbilo, porque le será dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón.

            Ellos verán la gloria del Señor, el esplendor de nuestro Dios. Fortalezcan las manos cansadas, afiancen las rodillas vacilantes. Digan a los de corazón apocado: ‘¡Animo! no teman. He aquí que su Dios, vengador y justiciero, viene ya para salvarnos’.

            Se iluminarán entonces los ojos de los ciegos, y los oídos de los sordos se abrirán. Saltará como un siervo el cojo, y la lengua del mudo cantará. Volverán a casa los rescatados por el Señor, vendrán a Sión con cánticos de júbilo, coronados de perpetua alegría; serán su escolta el gozo y la dicha, porque la pena y la aflicción habrán terminado”.

Palabra de Dios.        

 

Salmo Responsorial               

del Salmo 145

Salmista:      Ven, Señor, a salvarnos.

 

Coro 1.-     El señor siempre es fiel a su palabra, y es quien hace justicia al oprimido;

                  él proporciona pan a los hambrientos y libera al cautivo.

                                    R/  Ven, Señor, a salvarnos.

Coro 2.       Abre el Señor los ojos a los ciegos y alivia al agobiado.

                   Ama el Señor al hombre justo y toma al forastero a su cuidado.

                                    R/  Ven, Señor, a salvarnos.

Coro 1.-     A la viuda y al huérfano sustenta y trastorna los planes del inicuo.

                   Reina al Señor eternamente. Reina tu Dios, oh Sión, reina por siglos.

                                    R/  Ven, Señor, a salvarnos.

 

 

Aclamación antes del Evangelio

Aleluya, aleluya.    

            El Espíritu del Señor está sobre mí.

            Me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres.

Aleluya, aleluya.

 

Oración Colecta

            Mira, Señor, a tu pueblo, que espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo, y concédele celebrar el gran misterio de nuestra salvación con un corazón nuevo y una inmensa alegría.

Por nuestro Señor Jesucristo.

 

Oración sobre las Ofrendas

            Te pedimos, Señor, que este sacrificio, signo de nuestra total entrega a ti, te sea ofrecido siempre para que realice la intención que tuviste al instituir este sacramento, y lleve a cabo plenamente en nosotros tu salvación.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

Antífona de la Comunión

                   He aquí que vendrá nuestro salvador, ya no tengan miedo.

 

Oración después de la comunión

            Que esta Eucaristía nos purifique, Señor, de toda mancha y nos prepare así a celebrar dignamente la Navidad ya próxima.     

Por Jesucristo, nuestro Señor.