Segundo Domingo de Adviento (a)

 

 

Primera lectura del profeta Isaías: 11,1-10   

Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará sobre él el espíritu de Yahveh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahveh. Y le inspirará en el temor de Yahveh. No juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas. Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra. Herirá al hombre cruel con la vara de su boca, con el soplo de sus labios matará al malvado. Justicia será el ceñidor de su cintura, verdad el cinturón de sus flancos.

Serán vecinos el lobo y el cordero, y el leopardo se echará con el cabrito, el novillo y el cachorro pacerán juntos, y un niño pequeño los conducirá. La vaca y la osa pacerán, juntas acostarán sus crías, el león, como los bueyes, comerá paja. Jugará el niño de pecho en el agujero de la víbora, y en la escondrijo de la serpiente el recién destetado meterá la mano. Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte, porque la tierra estará llena de conocimiento de Yahveh, como cubren las aguas el mar. Aquel día la raíz de Jesé que estará enhiesta para estandarte de pueblos, las gentes la buscarán, y su morada será gloriosa.

Palabra de Dios

 

Reflexión

Las primeras lecturas nos siguen mostrando pasajes de esperanza, de restauración. En esta lectura, el contexto histórico parece ser el exilio judío en Babilonia; la dinastía monárquica está venida a menos, y por eso se habla de un “tronco” y no de un árbol frondoso lleno de vida. Pues, éste ha sido cortado por el exilio Babilónico. Desde esta situación de desesperanza, Isaías nos presenta una esperanza sobre el resurgimiento de la dinastía davídica sobre la cual está la promesa de Dios de acompañarla con su espíritu para que guíe a su pueblo; y por otro lado encontramos el “sueño”, el deseo de una realidad transformada, donde el miedo y la violencia hayan desaparecido.

 

Llama la atención que al describir al rey, al “vástago de Jesé” Isaías no habla de poder, ejércitos y conquistas; sino de justicia, de sabiduría, de ciencia, etc. El pueblo de Israel ya había vivido para entonces la opresión, la injusticia, la imprudencia de sus reyes y sus jueces; ya había experimentado la corrupción en sus tribunales y los favoritismos reales. Por eso ahora Isaías proclama un rey pero con características completamente distintas, un guía de su pueblo que viviría bajo del temo de Dios, escuchando y haciendo justicia a los pobres y oprimidos. Si quien habría de venir, poseería el espíritu de Dios, entonces debería mostrar el verdadero rostro de Dios: un Dios que se aflige con el oprimido y con la injusticia; un Dios que no permanece inmutable ante la pobreza y la mentira; un Dios que quiere guiar a su pueblo hacia un mundo de justicia, sabiduría, ciencia, paz y libertad.

 

Por eso en la segunda parte de la lectura, el autor nos presenta un mundo donde no cabe el miedo o la violencia; un mundo donde el niño, signo de la inocencia, pueda caminar sin temor de ser pisoteado, humillado o asesinado. Es un mundo ideal, y no pretende el autor hablar literalmente, pero el significado profundo es claro: Dios quiere la paz, y para ello se hace presente entre los hombres. Pero muchas veces nosotros no sabemos reconocerlo, aceptarlo por que “no encaja” en nuestras estructuras de poder, de opresión, de marginación e indiferentismo. Pero su palabra sigue vigente: yo he enviado mi espíritu y él ha repartido sus dones… ¿qué hemos hecho con ellos? ¿Un mundo mejor, un mundo más justo y solidario? Dios ha hecho su oferta, esta en nosotros aceptarla o rechazarla.

Precisamente del tema de la conversión nos hablará el Evangelio.

 

 

Lectura del Evangelio según san Mateo 3,1-12

Por aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: «Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos.» Este es aquél de quien habla el profeta Isaías cuando dice: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a sus lomos, y su comida eran langostas y miel silvestre. Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.

Pero viendo él venir muchos fariseos y saduceos al bautismo, les dijo: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? Dad, pues, fruto digno de conversión, y no creáis que basta con decir en vuestro interior: "Tenemos por padre a Abraham"; porque os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham. Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego.

 Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de quitarle las sandalias. El os bautizará en Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga.»

Palabra de Dios

 

Reflexión

Mateo parece presentarnos tres pinturas entrelazadas, es decir un tríptico con tres imágenes que nos hablan de un mismo tema: la preparación para la llegada del salvador. El personaje central, no aparece, sólo es mencionado indirectamente como “el que viene detrás”; pero ¿qué sería de Juan el Bautista sin Jesús?

La primera pregunta que me salta es ¿por qué hablar de Juan el Bautista? ¿Qué tan importante fue que los cuatro evangelistas lo mencionan (cosa que sólo sucede otra vez con la pasión y resurrección)? Al parecer fue una figura que marcó fuertemente a Jesús (pues Jesús mismo hablará de él como alguien que es  más que un profeta Mt 11,9), es decir su predicación, su vida, su anuncio de conversión, la inminencia de la irrupción de Dios en la historia predicada por él, hacían mucho eco en Jesús. De hecho, Jesús comenzará su predicación con las mismas palabras: “el reino de Dios esta llegando, conviértanse” (Mc 1,15). Podríamos entonces decir que Juan el Bautista “preparó” o “impulsó” al mismo Jesús para lanzarse a predicar el Reino de Dios que estaba llamado a instaurar. Por todo esto podemos vislumbrar la importancia de Juan Bautista.

Ahora, ¿cuál es su mensaje? Básicamente, lo podríamos expresar así: ¡conviértanse, cambien de vida, revisen su escala de valores, analicen su testimonio, preparen su corazón y su vida para recibir a quien tanto hemos esperado! Y ante este anuncio, la lectura parece presentarnos tres respuestas:

La primera respuesta es de aquellos que aceptando este anuncio, se reconocieron necesitados de un cambio y fueron a “bautizarse”, es decir a purificarse de sus faltas. ¿Cómo hemos de hacer esto nosotros? Desde niños se nos enseñó en el catecismo los diez mandamientos (que tal vez ni nos acordemos) y si nos fue bien, alguna vez recibimos pláticas de valores. Pero, yo creo que cabría hoy preguntar, ¿desde qué escala de valores estoy buscando convertirme? Es decir, si me baso en lo que la sociedad me pide, puedo decir: “no mato, no robo, no cometo adulterio, no digo ‘muchas’ mentiras, etc. Pero, ¿será esa la escala de valores que el Evangelio me presenta?

La segunda respuesta es la de los fariseos y saduceos: “Tenemos por padre a Abraham”. Esto traducido a nuestros tiempos se escucharía algo así: “soy bautizado, voy a misa todos los domingos, doy limosna y me confieso de vez en cuando”. ¿En eso basamos nuestro examen de conciencia? Debemos de tener cuidado en no buscar en los ritos y actos de piedad un “tranquilizador de conciencia” o una “aspirina”, pues estaríamos dándole el sentido opuesto a estos actos. Con soberbia y “falsas” seguridades lo único que hacemos es cerrar nuestro corazón a la experiencia siempre nueva, y liberadora de Dios. Hay que atrevernos a “soltar amarras” para ser colaboradores, verdaderos constructores del Reino de Dios. Éste no necesita de personas que estén buscando salvarse cumpliendo lo mínimo, el Reino necesita personas que sabiéndose amadas por Dios salgan de sí mismas y aporten toda la creatividad, toda la novedad, toda la vida que su relación con Él les da. El Reino es de quienes se deciden a encontrarse con un Dios siempre nuevo, y no de quienes encontrando una “fórmula” para tranquilizar su conciencia deciden estancarse ahí. En fin, este es un camino que creo nos falta a muchos querer aceptar, preferimos la seguridad del puerto a la aventura del mar abierto.

La tercera respuesta, es la del mismo Juan Bautista: “no soy digno de quitarle las sandalias”. En aquel tiempo le correspondía a los esclavos quitarle las sandalias y lavarle los pies a sus dueños; Juan se sitúa como algo menos. ¿Quién puede ponerse a la misma altura que Jesucristo? Esto no significa que debamos desvalorarnos, pues Dios quiere precisamente lo opuesto, que nos valoremos a nosotros mismos. Pero es precisamente cuando reconocemos lo que tenemos y lo que somos que podemos aceptar al otro y respetarlo, que podemos amar y respetar, que podemos abrirnos a Dios y a su gratuidad. Por lo tanto, Juan Bautista nos enseña esta tercera manera de prepararnos: reconociendo el tesoro que llevamos con humildad y gratitud.

 

Propósito

En esta segunda semana del adviento, podemos pensar en una segunda virtud a desarrollar, distinta a la de la primera semana. Tal vez sería bueno pensar hacer un examen de conciencia más profundo, más calmado, a partir de la lectura de los capítulos 5 al 7 de Mateo. ¿Cómo nos estamos preparando para recibir a nuestro salvador? ¿Lo reconoceremos desde la escala de valores que vivimos… él nos reconocerá como sus discípulos? El adviento es espera gozosa, pero este gozo para que sea profundo, ha de nacer del sabernos amados por Dios y fieles a su voluntad.

 

Héctor M. Pérez V., Pbro.

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