Retos del Sacerdote ante

el Tercer Milenio

 

Introducción

Dos mil años han transcurrido desde que el Hijo de Dios se encarnó como hombre para llevar a plenitud el género humano, y su mensaje sigue siendo actual, trascendente y vital para el hombre que comenzará a vivir el tercer milenio.  El mensaje que trajo Jesucristo sigue presentándose como nueva a pesar de los años transcurridos; las transformaciones que produjo en los ámbitos religioso y social están todavía por hacerse realidad; pues dos mil años no han sido suficientes para que nosotros los hombres asumamos con entereza y plenitud el mensaje de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios.

 

Analizar la gama de realidades que Jesús renovó, transformó o llevó a su plenitud sería una labor demasiado extensa, por lo que en este artículo sólo intentaremos acercarnos al sacerdocio asumido por Jesús; analizando la realidad a la que quiso responder y la manera en la que respondió a ella. De esta manera tendremos una base para comentar algunas pistas de cómo hemos de asumir los presbíteros de hoy los retos que la llegada del tercer milenio nos presenta.

 

La realidad que Jesús enfrentó

Jesús vive en una etapa difícil para el pueblo de Israel. El pueblo judío había vivido dominado por diversos imperios desde que regresó del exilio babilónico, las guerras de los Macabeos que lucharon por guardar la pureza del culto a Yahvé habían pasado y los grupos religiosos dominantes empezaban a acostumbrarse a vivir aliados con los dominadores para mantener el poder sobre el pueblo. El culto estaba tan institucionalizado que el pueblo se sentía lejos de su Dios.

 

Los sacerdotes eran la clase gobernante en el país, pues a falta de rey, ellos habían asumido el poder. El Sumo Sacerdote era quien presidía al pueblo como sacerdote y guía; él se rodeaba de otros sacerdotes que eran los encargados del Templo (de la seguridad, de la liturgia y de todo su dinámica). Debajo de ellos se encontraban a los sacerdotes que ofrecían el culto todos los días; en total sumaban más de siete mil sacerdotes en Israel. En esta aristocracia sacerdotal, también se encontraban los levitas, que eran encargados de los oficios menores en el Templo y sumaban cerca de nueve mil hombres en todo Israel[1]. Como podemos observar, existía toda una red burocrática entorno al Templo que era casi imposible para la gente acercarse a un lugar tan sagrado y santo como lo era el Templo para gozar de un encuentro con Dios

 

Por otro lado, la clase dirigente había impuesto tantas normas, que era casi imposible para un israelita ordinario cumplir con todas ellas; esto hacía que el pueblo fuera considerado como gente de segunda talla, que no estaban completamente cerca del Señor.  Incontables fueron las veces en que Jesús criticó a los fariseos, los escribas y los ancianos de Israel por su actitud tan cerrada entorno a los ritos. Al parecer estas prácticas religiosas habían logrado separar más a Dios de su pueblo que unirlo.

 

En una situación más crítica, se encontraban los enfermos, los mudos, los sordos, los paralíticos, los ciegos que por sus enfermedades eran maldecidos o por lo menos despreciados por todos como personas que eran rechazadas por Dios. Por último estaban los leprosos, gente marcada “por Dios” como impura e indeseable, que era excluida completamente de la sociedad por ser considerados gente peligrosa para la sociedad.

 

Todo esto había provocado que el pueblo de Israel se sintiera alejado de Dios; para la mayoría, Yahvé estaba lejos de su pueblo, y los sacerdotes no tenían una palabra de esperanza para ellos. Todo lo contrario a esta esperanza, la clase sacerdotal se había preocupado tanto por guardar el poder a través de las imposiciones rituales que habían perdido completamente de vista su misión de acercar a Dios a su Pueblo.

 

La respuesta de Jesús

Jesús, no vive extraño a todas estas situaciones; él mismo las ha experimentado en su persona; pero al ir contemplando la Ley y los Profetas, Jesús descubre a un Dios totalmente distinto al que se vivía en su tiempo. Yahvé no permanece indiferente al sufrimiento humano, Él está dispuesto a perdonar los pecados de su pueblo si muestran un corazón arrepentido; Yahvé no quiere más sacrificios vacíos sino que el hombre se convierta y crea. Por eso, en su experiencia personal de Dios, Jesús opta por llamarle “Abba”, Padre.

 

Es precisamente de esta experiencia de Dios como un Padre misericordioso, cercano, compasivo y fiel de dónde Jesús saca las fuerzas y la inspiración para transformar la realidad del pueblo de Israel, y con ello, transformar al mundo. La experiencia del Abba no es una experiencia superficial e inmadura de Jesús, sino que es una experiencia que él mismo ha descubierto en las Escrituras y que ha experimentado en su vida interior. Por eso, al buscar transmitir un Dios tan distinto al presentado por la clase sacerdotal de su tiempo, Jesús tiene que buscar un nuevo sacerdocio, es decir, un nuevo puente entre Dios y los hombres.

 

Jesús jamás buscó llamarse sacerdote o ni jamás pidió ser reconocido como uno; escuchamos que le llaman “Rabi” que significa maestro, otros le llaman profeta, y el mismo Pedro lo confiesa como Mesías e Hijo de Dios; pero jamás se escucha en los evangelios que Jesús sea nombrado sacerdote. ¿Qué fue lo que la gente experimentó en Jesús para que pudiera ser reconocido como sacerdote posteriormente?

 

Creo que la carta a los hebreos nos señala con claridad cómo fue que lo reconocieron como sumo y eterno sacerdote.

 

v     Un sacerdote cercano al pueblo de Dios: “Pues no es él un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras flaquezas, sino que ha sido probado en todo como nosotros excepto en el pecado. Acerquémonos, pues, con plena confianza al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y encontrar la gracia de un socorro oportuno” (Heb 4,15-16). La primera razón que nos da Jesús para experimentarlo como sacerdote es su cercanía y empatía con el ser humano. Es decir, Jesús hizo cercano a Dios con su Pueblo; caminando con él, acogiéndolos con ternura y compasión, sanándolos, integrándolos a la sociedad, guiándolos con su palabra, perdonándoles sus pecados, en una palabra siendo sinceramente solidario con todos los hombres que su Padre le ponía en su camino. Así, Jesús logró ser un verdadero “puente” entre los hombres y Dios, alcanzando una identificación plena (excepto en el pecado) con los hombres y además de alcanzar su identidad de Hijo con Dios Padre.

 

v     Un sacerdocio por vocación divina y no descendencia humana: “Además, nada de esto se ha hecho sin juramento. Pues mientras los descendientes de Leví, llegaron a ser sacerdotes sin mediar ningún juramento, en el caso de Jesús ha mediado el juramento de quien le dijo: ‘El Señor lo ha jurado y no se arrepentirá: Tú eres sacerdote para siempre’. Por eso Jesús es quien garantiza una alianza superior” (Heb 7, 20-22).

 

v     Un sacerdocio único y eterno: “Melquisedec… se presenta sin padre, in madre, ni antepasados; no se conoce el comienzo ni el fin de su vida, y así, a semejanza del Hijo de Dios, es sacerdote para siempre” (Heb 7,3). Por lo tanto, si es eterno, es el único sacerdocio de la Nueva Alianza, no se necesitan y no puede haber más sacerdocios, Cristo posee el único y eterno sacerdocio de la Nueva Alianza. “(Jesús), en cambio, como permanece para siempre, posee un sacerdocio que no pasará. Y por eso también puede perpetuamente salvar a los que por medio de él se acercan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder por ellos” (Heb 7,25).

 

v     Oblación total de su persona: “El no tiene necesidad, como los sumos sacerdotes, de ofrecer cada día sacrificios por sus propios pecados antes de ofrecerlos por los del pueblo, porque esto lo hizo de una vez para siempre ofreciéndose a sí mismo” (Heb 7, 27).

 

Así, Jesús es reconocido como el sumo y eterno sacerdote, no porque él haya querido otorgarse a sí mismo este título, no porque él buscara los privilegios que el sacerdocio le pudo haber traído, no porque él necesitara del sacerdocio para ejercer el poder, sino sobretodo por su cercanía, su identificación con el Pueblo, su condición de Hijo (vocación), su solidaridad, y su oblación definitiva y total por nosotros los hombres en la Cruz.

 

Aquí tenemos el verdadero sacerdocio de la Nueva Alianza, un sacerdocio de servicio y no de poder, un sacerdocio de vocación y no de privilegios, un sacerdocio que tiene su principio y su fin en el amor que Dios le tiene a su Pueblo, un sacerdocio que significa seguimiento radical de Jesucristo; y por último, un sacerdocio que privilegia el amor, la misericordia, la solidaridad y la oblación de la vida a semejanza de Jesucristo, Sumo, Eterno y Unico Sacerdote de la Nueva Alianza.

 

Retos que presenta el Tercer Milenio

Dos mil años han pasado desde que el Hijo de Dios se encarnó entre los hombres y muchas circunstancias han cambiado desde aquel entonces, pero también podríamos decir que hay estructuras sociales y políticas que persisten hasta la actualidad. Haciendo un análisis de documentos recientes que los obispos y el Papa nos han presentado (La Iglesia en América y la carta circular “El sacerdote ante el Tercer Milenio), podríamos mencionar los siguientes retos como algunos de los más apremiantes para tomarse en cuenta por los sacerdotes como agentes de evangelización.

 

v     La Globalización.  Se trata de un proceso que se impone debido a la mayor comunicación entre las diversas partes del mundo, llevando prácticamente a la superación de las distancias. Culturalmente ha afectado mucho, pues los medios de comunicación social han impuesto nuevas escalas de valores por doquier, a menudo arbitrarios y en el fondo materialistas, frente a los cuales es muy difícil mantener viva la adhesión a los valores del Evangelio. (EA 20)

 

v      Renovación de la Piedad popular. Una característica peculiar de América es la existencia de una piedad popular profundamente enraizada en sus diversas naciones. Está presente en todos los niveles y sectores sociales, revistiendo una especial importancia como lugar de encuentro con Cristo para todos aquellos que con espíritu de pobreza y humildad de corazón buscan sinceramente a Dios (cf. Mt 11, 25). Los Padres sinodales han subrayado la urgencia de descubrir, en las manifestaciones de la religiosidad popular, los verdaderos valores espirituales, para enriquecerlos con los elementos de la genuina doctrina católica, a fin de que esta religiosidad lleve a un compromiso sincero de conversión y a una experiencia concreta de caridad. (EA 16)

 

v     Relativización de la fe y falta de compromiso.  Es un hecho dolorosamente real la presencia, en muchos lugares y ambientes, de personas que han oído hablar de Jesucristo pero que parecen conocer y aceptar su doctrina más como  un conjunto de valores éticos generales que como compromisos de vida real. Es elevado el número de bautizados que se alejan del seguimiento de Cristo y que viven un estilo de vida marcado por el relativismo. El papel de fe cristiana se ha reducido, en muchos casos, a un factor puramente cultural, a una dimensión meramente privada, sin ninguna relevancia en la vida social de los hombres y de los pueblos[2].

 

v     Independencia crítica ante cualquier autoridad. La sociedad contemporánea, animada por las muchas conquistas técnicas y científicas, ha desarrollado un profundo sentido de independencia crítica ante cualquier autoridad o doctrina. Esto exige que el mensaje cristiano de salvación, sea explicado a fondo y explicado con la amabilidad, la fuerza y la capacidad de atraer que poseía en la primera evangelización; sin olvidar nunca que el instrumento más eficaz será el testimonio directo de una vida de santidad.[3]

 

v     Actualización del lenguaje. No conviene olvidar que algunos conceptos y palabras, con los que tradicionalmente ha sido realizada la evangelización, han llegado a ser casi incomprensibles en la mayor parte de las culturas contemporáneas. Conceptos como el de pecado original y sus consecuencias, redención, cruz, necesidad de la oración, sacrificio voluntario, castidad, sobriedad, obediencia, humildad, penitencia, pobreza, etc., han perdido en algunos contextos su original sentido positivo cristiano. [4]

 

Estos puntos no pretenden ser una visión exhaustiva de la realidad; sino sólo comentar algunos de los aspectos de ésta mencionados en los documentos. Pero creo que es suficiente material como para percibir una profunda crisis en la manera en que se está presentando el Evangelio al mundo de hoy. Esto afecta directamente al ministerio sacerdotal, y nos debe invitar a reflexionar sobre las formas que estamos utilizando para presentar ese “puente” entre Dios y los hombres.

 

Siguiendo los pasos del Sacerdocio de Cristo

 

La realidad que se nos presenta en el inicio del tercer milenio, dista mucho de la sociedad de Jesús, pero no por ello dejan de ser actuales las propuestas que Jesús nos presentó para vivir su sacerdocio. No debemos olvidar que el sacerdocio de la Nueva Alianza sólo es uno, y éste es el de Jesucristo. Por lo tanto, comento aquí brevemente las actitudes de Jesús entorno a su sacerdocio que analizamos anteriormente y agrego lo que la Congregación para el clero comenta al respecto.

 

v     Un sacerdote cercano al pueblo de Dios

Jesucristo se encarnó, vivió y murió cerca de su pueblo; todos lo identificaban como alguien accesible, cercano, solidario con sus diversas situaciones. De manera que el sacerdote de hoy debe vivir también junto con el pueblo sus gozos y esperanzas, sus preocupaciones y sus triunfos,  hemos de ser sacerdotes capaces de compadecernos de las flaquezas de nuestro pueblo, pues por él vivimos y para él nos consagramos.

 

“El documento de la Congregación para el clero mencionado más arriba hace un hincapié sobre este punto de la coherencia y cercanía del presbítero al pueblo: “La gracia y la caridad -del altar- se difunden así al ambón, al confesionario, al archivo parroquial, a la escuela, a las actividades juveniles, a las casas y a las calles, a los hospitales, a los medios de transporte y a los de comunicación social, allí donde el sacerdote tiene la posibilidad de cumplir su tarea de pastor: de todos modos es su Misa la que se extiende, es su unión espiritual con Cristo Sacerdote que lo lleva a ser como  decía san Ignacio de Antioquía,  'trigo de Dios para que sea hallado pan puro de Cristo" para el bien de los hermanos'.”[5]

 

v     Un sacerdocio único y eterno

“Aunque el sacerdote pueda gozar de notable prestigio ante los fieles, y al menos en algunos lugares también ante las autoridades civiles, es de todo punto necesario que recuerde que dicho prestigio ha de ser vivido con humildad, sirviéndose de él para colaborar activamente en la “salvación de las almas”, y recordando que sólo Cristo es la verdadera Cabeza del Pueblo de Dios: hacia Él deben ser dirigidos los hombres, evitando que permanezcan apegados a la persona del sacerdote.”[6]

 

v     Oblación total de su persona

El presbítero, a imagen de Cristo, ha de estar dispuesto a ofrendar su vida, sus aspiraciones humanas, sus intereses personales para llevar con plenitud el mensaje de Cristo. “En efecto, Cristo introduce el sacrificio de sí mismo, que es el precio de nuestra redención, en el santuario eterno. La ofrenda, esto es, la víctima, es inseparable del sacerdote. Si bien solamente Cristo es al mismo tiempo Sacerdos et Hostia, el ministro, injertado en el dinamismo misionero de la Iglesia, es sacramentalmente sacerdos, pero a la vez está llamado a ser también hostia.[7]

 

 

Conclusión

Muchas situaciones han cambiado desde que Cristo vino al mundo, pero su mensaje no pasa, por eso considero que el reto más grande que los sacerdotes del tercer milenio tendremos será el de hacer presente el sacerdocio de Cristo con los medios que él mismo utilizó para realizarlo; es decir: la solidaridad, la transparencia de la voluntad de Dios en nuestras acciones, la cercanía con la gente que haga sentir cercano a Dios, la palabra clara, veraz, actual, y respaldada por el testimonio y sobre todo la oblación de toda nuestra vida por el amor a nuestros hermanos.

 

Héctor M. Pérez Villarreal, Pbro.

Marzo 28, 2000

 

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[1] Cfr. J. JEREMIAS, Jerusalén en tiempos de Jesús, Cristiandad, Madrid 1975; p. 221

[2] CONGR. PARA EL CLERO, El Sacerdote ante el Tercer Milenio, Ed. San Pablo 1999 p. 9

[3] Ibid  p. 11

[4] Ibidem

[5] Ibid p. 58

[6] Ibid p. 54

[7] Ibid p. 49