¿QUÉ ES UN JUBILEO?


   El término «jubileo» se refiere al cuerno del carnero usado como trompeta para tocar a fiesta; éste 
expresa alegría; no sólo alegría interior, sino un júbilo que se manifiesta exteriormente, ya que la venida 
de Dios es también un suceso exterior, visible, audible y tangible, como recuerda san Juan (1 Jn 1, 1). (TM 16)

   Siguiendo las palabras del profeta Isaías « proclamar un año de gracia del Señor », la Iglesia proclama 
el jubileo como verdadero « año de gracia », año de perdón de los pecados y de las penas por los pecados, 
año de reconciliación entre los adversarios, año de múltiples conversiones, de penitencia sacramental y 
extrasacramental. (TM 14) 

Historia Bíblica
   Sabemos cómo los judíos descansaban el séptimo día (shabat) en honor de Dios, para darle culto, para expresar 
su señorío. En forma similar, cada séptimo año era un año sabático.  En ese año se dejaba descansar la tierra para 
que allí encontraran comida los pobres y los animales (Ex 23, 10), se perdonaban las deudas y se liberaba a los 
esclavos (Deut 15, 12-15).

   Pero muy especialmente cada siete años sabáticos, es decir, cada 50 años, había un año jubilar.  Está señalado en 
Levítico 25, 8-16.  Era, pues, un año santo, dedicado a Dios, un año de liberación y justicia.  Proclamaba por una 
parte la Santidad de Dios y su soberanía, y por otra, la igualdad y la fraternidad dentro del pueblo.  Tenía, así, 
un sentido pascual muy rico: se hacía presente la misericordia de Dios que había liberado al pueblo de la esclavitud 
de Egipto, que le había dado la tierra prometida y que, con la alianza, lo había hecho su pueblo.

   Cristo, el jefe del nuevo pueblo, en cuya Pascua se nos da la Vida, siguiendo ese mismo lenguaje nos proclama un año 
jubilar: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres; me ha 
enviado a proclamar la liberación a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar 
un año de gracia del Señor" (Lc 4, 18. 19).

Historia de los jubileos en la Iglesia
En la Iglesia primitiva existía la llamada penitencia pública, a saber, aquéllos que habían cometido un pecado público y grave, es decir, que habían pecado por infidelidad, esto es, que habían dejado la fe católica y habían vuelto al paganismo, o por adulterio, es decir, que vivían conyugalmente con una persona que no era su cónyuge, o por asesinato, antes de ser reintegrados a la comunión de la Iglesia, para ser reconciliados, tenían que cumplir con graves obras de penitencia: llevar una vestidura especial, hacer serios ayunos, hacer oraciones prolongadas, etc. Desde muy al principio hubo conmutaciones, es decir, indulgencias. Y es precisamente en relación a estas indulgencias de las penitencias impuestas que los jubileos fueron retomados en la historia de la Iglesia. Así, empezaron a aparecer los jubileos como ocasiones para obtener indulgencias; en un principio eran relacionados con peregrinaciones a lugares considerados santos: Tierra Santa, Roma, Compostela, en España, con el sepulcro de Santiago; la Porciúncula, en Asís, con la indulgencia anual conseguida por San Francisco; estos entre muchos otros. Los años santos romanos son iniciados institucionalmente sólo hasta el año de 1300, por el Papa Bonifacio VIII, el cual, siguiendo un gran deseo popular, concedió una "plenísima remisión de los pecados" a los que visitaran la basílica de San Pedro en Roma. La afluencia de peregrinos a Roma fue enorme -muchos cronistas de la época lo atestiguan y el mismo Dante Alighieri sin duda fue testigo ocular de esto, pues en la Divina Comedia, cuyo inicio se sitúa en ese 1300, se da una descripción muy viva de ello. El Papa Bonifacio determinó que el Jubileo se celebraría en cada inicio de siglo. Pero a muchos cristianos les pareció que una gran cantidad de gente no tendría nunca oportunidad de vivir esa gracia especial. Y en 1343, el Papa Clemente VI atendió ese "clamor especial de nuestro pueblo romano" y redujo el lapso de 100 a 50 años, para ganar la "amplísima indulgencia". El Papa Urbano VI, en 1839, pasó de la celebración jubilar de cada 50 años, a la celebración cada 33 años, número que, además de dar más oportunidades de tener acceso a él a los hombres, es el número que, según la creencia popular señala la edad de Cristo al morir. Luego el Papa Pablo II, en 1470, redujo el período de treinta y tres años a sólo 25, que es el ritmo con que ha continuado hasta hoy. Ha habido también Jubileos extraordinarios en fechas claves, como el Jubileo de 1933 para conmemorar los 1900 años de nuestra redención, y con el mismo motivo, el de 1983, que conmemoró 1950 años de la misma. Ha habido también años santos marianos en 1904, 1954 y 1987-1988.
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