Introducción
“Hay
mayor felicidad en dar que en recibir”.
Este año se
nos ha pedido que reflexionemos sobre el tema de la Eucaristía en nuestra
Arquidiócesis. En especial, en la Eucaristía y su relación con nuestras vidas y
nuestra comunidad parroquial. También el Papa, en su mensaje de cuaresma, nos
pide que reflexionemos sobre la siguiente idea: “Hay mayor felicidad en dar que en recibir”.
Siguiendo estas líneas de reflexión buscamos que los jóvenes reflexionen sobre
la Eucaristía y su relación con su vida como ent
Hablar de la
Eucaristía no es hablar de un rito, ni tampoco de un misterioso “acto mágico”
por el cual Jesús permanece entre nosotros en su Cuerpo y Sangre. Hablar de la
Eucaristía es hablar de una relación de amor, de una vida de ent
Desafortunadamente,
la Misa, donde vivimos este encuentro, nos ha sido transmitida de una manera
muy mecánica y externa. Está muy lejos de ser esa experiencia de amor que Jesús
quiso tener con nosotros. Hemos aprendido a separar la misa de nuestra vida
pasada y futura, y la hemos limitado a una “obligación” que tenemos que cumplir
para no caer en pecado mortal. Muchos jóvenes ven la misa como algo que les
trae paz, pero no saben por qué. Otros les parece un momento padre, al cual
pueden ir “cuando les nace”; muchos otros permanecen alejados de la comunión
por años sin ningún remordimiento de conciencia. La misa ha pasado a ser para
muchos, un momento de ritos extraños que el sacerdote realiza y al cual hay que
asistir para cumplir con Dios.
Sin embargo,
encontramos signos de esperanza también entre los jóvenes. Vemos grupos de
jóvenes que se reúnen entorno a la Eucaristía para cantar y alabar a Dios.
Jóvenes que reconocen la presencia de Cristo y asisten al Santísimo para
platicar con él, para llevarle sus inquietudes a Cristo. Algunos que reconocen
en la Eucaristía un alimento que los llena del amor de Dios para seguir
luchando por dar testimonio en el mundo que les ha tocado vivir.
Creemos que
tanto para quienes no han logrado comprender y vivir el amor de Dios en la
Eucaristía, como para quienes ya lo han comenzado a hacer, será importante
detenerse esta cuaresma a meditar en este gran gesto de amor que Cristo nos
dejó.
Por ser unos
ejercicios cuaresmales, estaremos siguiendo una metodología que nos ayude a
reflexionar sobre nuestras vidas: el amor que Dios ha derramado sobre nosotros
y los pecados que nos han impedido gozar de ese amor. Por tal motivo, en cada
tema tendremos los siguientes momentos: 1) Introducción 2) Momento de la
Palabra de Dios 3) Confrontación con nuestras vidas 4) Oración final.
Los temas
tendrán el siguiente orden: 1) La vida de Jesús (El ejemplo), 2) La institución
de la Eucaristía (el Signo), 3) La muerte y resurrección (El Testimonio), 4) La
celebración de la Eucaristía (La Memoria) 5) Nuestra vida como Eucaristía (la acción de
gracias).
I. La vida de Jesús
“El hijo del hombre no ha venido a ser
servido, sino a servir.” Mc 10,45
Introducción
Imaginemos
la siguiente escena:
Jesús es un
carpintero, que ha vivido normalmente como cualquier otro varón de Nazaret. Un
buen día, en su pe
¿Creen
ustedes que alguien hubiera comprendido algo? ¿Significarían algo las palabras
de Jesús? Lo mejor que hubieran pensado los amigos de Jesús es que estaba
desvariando y que estaba tomando la cena pascual “demasiado personal”.
Se puede abrir al diálogo con los jóvenes en este momento con la
siguiente p
I. El momento de la Palabra
Desde que
Jesús nace, lo hace para servir a los demás. Dice Simeón que Jesús será “luz
para iluminar a las naciones y gloria de su pueblo Israel” (Lc 2,32).
Ya grande
comenzará su vida pública sanando enfermos, expulsando demonios y enseñando
“una nueva doctrina llena de autoridad” (Mc 1,27). Su preocupación principal
será instaurar el Reino de Dios entre los hombres y proclamar el año de gracia
del Señor. Escuchemos cómo, en la sinagoga de Nazaret, Jesús nos presenta su
programa de vida:
“El
Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los
pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y
dar la vista a los ciegos, a dar la
libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor.” (Lc 4,18-19)
Podemos
reconocer una vida ent
Jesús no
quería dar grandes explicaciones sobre su condición de Mesías y Salvador. El
prefería los hechos; por eso, cuando los discípulos de Juan el Bautista se
acercan a Jesús a p
“Vayan
y cuenten a Juan lo que están oyendo y observando: los ciegos ven, los cojos,
andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a
los pobres se les anuncia la buena noticia”. (Lc 7,22)
Jesús
tampoco quería el poder. Su presencia buscaba entablar relaciones de amor, no
de poder. Si él sanaba y enseñaba no era para ganar fama o poder, él esta para
servir y si era necesario dar la vida por ello, estaba dispuesto. Por eso,
Jesús fue poco comprendido por quienes buscaban la religión como un ámbito de
poder y autoridad. Los mismos discípulos se vieron en esta tentación del poder;
por eso Jesús los reprende y los centra en la importancia del servicio.
Escuchemos el siguiente pasaje:
“Jesús,
llamándoles, les dice: Saben que los que son tenidos como jefes de las
naciones, las dominan como señores
absolutos y sus dirigentes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser
así entre ustedes, sino que el que quiera llegar a ser importante entre
ustedes, que sea su servidor, y el que quiera ser el primero entre ustedes, que
sea esclavo de todos. Pues tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido,
sino a servir y a dar su vida como rescate por todos.” (Mc 10, 42-45)
Podemos
constatar con estos textos que toda la vida de Jesús fue un continuo servir,
ent
II Confrontación con nuestras vidas
Es momento
de pensar en nuestras vidas y la preparación que vivimos para acercarnos a la
Eucaristía.
De la misma
manera en la que Jesús preparó el momento de la última cena con una vida de
servicio y amor por quienes le rodearon, así nosotros estamos llamados a traer
a la misa nuestro esfuerzo diario o semanal de vivir en el amor. Sin este
esfuerzo por llevar una relación con Jesús, la misa parecería un rito vacío que
no afecta la vida y el corazón.
Cada uno de
nosotros está llamado a traer sus gozos y esperanzas, sus luchas ganadas y
perdidas, sus preocupaciones y sus alegrías. Toda nuestra vida está implicada
en la Misa. No pretende ser un momento “separado” de nuestra realidad. Cuando
lo vivimos así, parecería que Cristo vino a separarnos del mundo, de nuestras
responsabilidades; que vino sólo para darnos una paz que no nos compromete y
una tranquilidad que no nos corresponde.
Démonos un
momento para reflexionar:
Después de compartir un momento las respuestas de cada quien se puede
terminar con esta comparación.
Imaginémonos
las siguientes escenas:
Escena uno:
Hay dos
chavos, un hombre y una mujer, que no se conocían. Un día se encontraron en el
parque y comenzaron a platicar. Al final de la tarde, él la acompañó a su casa
y en el camino se abrazaron y terminaron dándose un beso.
Escena dos:
Hay una
pareja de novios, que llevan dos años de novios. Tenían dos semanas sin verse
por motivos de escuela y trabajo. Habían hablado por teléfono, pero no se
habían visto. Por fin logran verse y después de platicar un rato sobre lo que
hicieron en las dos semanas se despiden con un abrazo y un beso.
¿Para quién
significó más el abrazo y el beso?… ¿Por qué?
(Tiempo de discusión)
La segunda
pareja estaba expresando su amor al momento de hacerlo. Sin embargo, la primera
pareja, lo hizo más por atracción y placer. Por eso, para la segunda pareja
significó mucho más y hasta los unió más en el amor que se tenían.
Algo
semejante pasa en la Eucaristía cuando comulgamos. Si nosotros no hemos vivido
una relación de amor con Jesús en nuestra semana, comulgar no pasará de ser un
rito más, que aunque contiene a Cristo a nosotros poco nos aprovecha. Sin
embargo, si nosotros nos hemos esforzado por vivir el amor a Jesús en nuestros
hermanos, entonces comulgar es un acto de amor que nos une a Jesús y nos
fortalece en el amor.
III. Oración final
Canto: Hazme un Instrumento de Tu Paz
II. La Institución de la Eucaristía
Jesús, habiendo
amado a los suyos, que estaban en el mundo,
los
amó hasta el extremo.
Jn
13,1
Introducción
Los signos son
realidades físicas que nos comunican cosas o situaciones que no podemos ver.
Comencemos este día poniendo algunos ejemplos de signos que nos comunican
realidades que no vemos.
Una
calavera nos indica peligro o muerte.
Un
semáforo en rojo nos indica que debemos detenernos.
Un
saludo y un abrazo nos indican amistad o cercanía entre las personas.
Un
crucifijo nos recuerda el inmenso amor de Dios por nosotros
Un
beso refleja el amor que dos personas se tienen.
Además de
estos signos universales, las personas tendemos a establecer signos para
comunicarnos los sentimientos que llevamos dentro. Así, una pareja de novios
tiene sus propias maneras de decirse que se quieren; o un matrimonio sabe que
tal canción o situación los “pone” románticos.
En este
sentido Jesús quiso dejarnos un signo que nos recordara cuánto nos amó y que
nos permitiera no sólo recordar, sino hacer presente sacramentalmente su misma
persona. Podríamos decir que recordar la Última Cena fue la manera que Jesús
eligió para decirnos por toda la eternidad: “te amo y quiero estar siempre
contigo”. Por este motivo, en ella recordamos su vida, la cual fue un continuo
servicio; y su muerte, la cual fue el testimonio más grande de este servicio y
amor por nosotros.
De esta
manera podemos comprender mejor el significado de la palabra Eucaristía: acción
de gracias. En ella decimos gracias Jesús por tu inmenso amor, gracias por tu
testimonio en la cruz y gracias por la vida que nos das.
Esto suena
muy bien, sin embargo, la realidad es que la misa la convertimos muchas veces
en un rato aburrido, de poca participación y de muchos actos externos que no
nos dicen casi nada. Es como si hubiéramos convertido el gesto más grande de
amor en una rutina que no expresa por ningún lado todo lo que Jesús quiso dejarnos.
Con esta
inquietud los invito a que repasemos brevemente lo que los evangelistas nos
narran al respecto para poder revalorar este gran gesto de amor que Jesús nos
dejó.
I. Momento de la Palabra
La
institución de la Eucaristía sucede en la última cena. Tres de los
evangelistas, Mateo, Marcos y Lucas nos comparten una historia muy similar. En
seguida cito uno de estos textos para comentarlo.
Cuando
llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: «Con ansia he
deseado comer esta Pascua con ustedes antes de padecer; porque les digo que ya
no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios.» Y
recibiendo una copa, dadas las gracias, dijo: «Tomen esto y repártanlo entre
ustedes; porque les digo que, a partir de este momento, no beberé del fruto de
la vid hasta que llegue el Reino de Dios.» Tomó luego pan, y, dadas las
gracias, lo partió y se los dio diciendo: Este es mi cuerpo que es ent
Lc
22, 14-20
Estas son
palabras que nos suenan muy familiares y tal vez por eso han dejado de
impresionarnos. Sin embargo, si las leemos con atención nos daremos cuenta del
inmenso amor y la delicadeza que reflejan por parte de Jesús.
“Antes de padecer”. Jesús
sabía que una prueba grande se acercaba en su vida. Conocía ya los planes de
Judas y eso le hacía suponer que habría de sufrir ante las autoridades
religiosas y civiles. Esto le da un ambiente muy especial a la cena y sobre
todo le da una profundidad a sus palabras.
Jesús sabía que estaba ent
“Este es mi cuerpo que es ent
“Este cáliz es la Nueva Alianza sellada con
mi sangre, que se derrama por ustedes”.
La sangre
representaba la vida. Por eso, en el cáliz con vino Jesús ent
De esta
manera, al ent
Quisiera que
repasáramos ahora el evangelio de san Juan. Este evangelio es el que dedica más
capítulos al momento de la última cena. Los primeros tres evangelistas no se
extienden más que unos cuantos versículos; en cambio, san Juan, utiliza cinco
capítulos, 155 versículos, para narrarnos la última cena.
A pesar de
toda su extensión, san Juan, no aborda las palabras de la última cena donde se
instituye la eucaristía, pero si nos narra un gesto de Jesús que nos ayudará a
comprender con mayor profundidad qué quiso decir Jesús cuando dejó su “Cuerpo y
Sangre” en la última cena. En seguida
leemos este pasaje:
Antes
de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de
este mundo al Padre y habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los
amó hasta el extremo.
En
el transcurso de la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón de
Judas Iscariote, hijo de Simón, la idea de ent
Cuando
llegó Simón Pedro, éste le dijo: “Señor, ¿me vas a lavar tú a mí los pies?”
Jesús le replicó: Lo que estoy haciendo tú no lo entiendes ahora, pero lo
comprenderás más tarde”. Pedro le dijo: “Tú no me lavarás los pies jamás”.
Jesús le contestó: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. Entonces le dijo
Simón Pedro: “En ese caso, Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la
cabeza”. Jesús le dijo: “El que se ha bañado no necesita lavarse mas que los
pies, porque todo él está limpio. Y ustedes están limpios, aunque no todos”.
Como sabía quien lo iba a ent
Cuando
acabó de lavarles los pies, se puso otra vez el manto, volvió a la mesa y les
dijo: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro
y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el Maestro y el
Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos
a los otros. Les he dado ejemplo, para que lo que yo he hecho con ustedes,
también ustedes lo hagan”. Juan. 13, 1-15
Sabemos que
lavarles los pies a los participantes le correspondía al esclavo de la casa, e
incluso, los esclavos judíos estaban exentos de esta tarea tan humillante para
ellos. Por este motivo, cuando Jesús se pone a lavarles los pies a los
discípulos ellos se sorprenden tanto. El maestro, ¡lavando los pies! Este fue
un gran gesto de Cristo que nos ayuda a comprender la Eucaristía. Jesús se
queda en la Eucaristía porque desea “lavarnos”, porque desea alimentarnos o en
una palabra porque desea “amarnos hasta el extremo”.
El lavatorio
de los pies nos hace comprender también que Jesús pasó su vida sirviendo,
amando, sin importar a quien; y por lo mismo sus palabras en la última cena
tomaron tanto sentido. Los discípulos comenzaron a comprender que Jesús se
quedaría con ellos cada vez que recordaran esa cena. Jesús eligió un signo para
mostrarnos su amor. Como todo enamorado, creó este signo para decirnos cuánto
nos amaba.
Siendo esto
así, la Eucaristía no es un rito vacío, ni un recuerdo de algo pasado. La
Eucaristía es el signo del amor más grande de Dios por los hombres. Es el
abrazo de Cristo a quienes él ha amado con locura. Es la expresión más profunda
de su deseo de hacerse uno con nosotros. Es la voluntad de un enamorado que no
se quiere separar de su amor.
Sin embargo,
esto está más allá de un gesto sentimental. Este gesto fue sellado con la misma
sangre de Jesús. En la cruz, Jesús dio testimonio de este inmenso amor. Por
este motivo, la última cena y la cruz no se pueden separar. Son palabra y obra,
voluntad y testimonio de aquel que nos ha
amado hasta el extremo.
II Confrontación con nuestras vidas
Representación
Desde el día
anterior, se le puede pedir a dos parejas de jóvenes que hagan las siguientes
representaciones.
1) La
primera escenificación trataría acerca de una novia que prepara con mucho
cariño un pastel y se ar
2) La
segunda escenificación trataría acerca de una pareja de novios. Él llega con un
ramo de flores y una tarjeta, pero ella está más preocupada por la telenovela
que están pasando. A los pocos minutos llega un trío que el novio había
contratado, pero ella los calla porque no la dejan escuchar la T.V.
¿Qué aprendemos de estas escenificaciones? (Momento de discusión en
grupo)
Jesús ha
preparado un gran banquete para nosotros. No sólo nos compró un
¿Cuántos
jóvenes no se sienten solos, desubicados, ignorados, fuera de lugar, perdidos,
sin un rumbo, incapaces de ser amados? Todo porque no saben dónde está Jesús.
Porque no han comprendido que Jesús los ama, y los ama tanto que se ha quedado
entre nosotros en la Eucaristía.
¿Qué gestos
tengo yo para decirle a Jesús que lo amo? ¿Estos gestos son “mero
sentimentalismo” o están respaldados con mis obras, con mi testimonio?
III. Oración.
·
Hacer una carta a Jesús donde le
demos las gracias por el inmenso amor que nos tiene. Junto a ello propongámonos
un gesto o signo con el cual podremos expresarle el amor que le tenemos.
·
Al final se puede terminar con el
siguiente canto: “Si conocieras el don de Dios”, de la Hna. Glenda.
III.
El Testimonio: La muerte en la Cruz
“Se humilló a si mismo haciéndose obediente
hasta la muerte,
y una muerte de Cruz” Flp 2,8
introducción
¿De cuántas
palabras vacías está lleno el mundo? Pensemos en la mercadotecnia de muchos
productos que consumimos diariamente: Oxxo, queremos verte feliz; Sprite, Calma tu sed; Pepsi… pide más; Coca
cola… para los que… (lloran, engordan, ríen), Soriana… a precios bajos por ti;
Big Brother… el fenómeno, “sin censura”… Tantas palabras y frases vacías que no
reflejan un compromiso sino más bien un egoísmo: “mientras me sirves te
atiendo”.
Hoy en día
es difícil encontrar un compromiso en las figuras públicas. En comerciantes y
políticos encontramos un hambre de “producir”, de “usar” a las personas pero no
de comprometerse con ellas. Se nos invita a gastar y votar por ellos, pero
difícilmente encontraremos una preocupación real por nosotros, un compromiso
personal y solidario con quienes los apoyaron o compraron sus productos.
Encontramos
comunidades con medios ambientes destrozados por compañías que estaban más
interesadas en sus productos que en las personas que los rodeaban. También
encontramos colonias que por años permanecieron sin agua, drenaje o luz porque
el líder no “los había necesitado” a pesar de haber escuchado cada año las
mismas promesas. De esta manera las palabras pierden su fuerza cada día más.
Ahora se exige un contrato, papeles, firmas, dinero, etc. para asegurar un
trato entre dos personas.
Inclusive
entre los jóvenes, las palabras tienden a perder su fuerza. La mentira a la
familia, al maestro, a la novia o novio la escuchamos con mucha frecuencia.
Promesas que quedan en el aire, propósitos que se olvidan al siguiente día,
compromisos que no pasan de ser buenos deseos.
Sin embargo,
hubo alguien que supo guardar su palabra aunque le costara la vida. Jesús,
prometió amarnos y lo cumplió hasta la cruz. Pasó su vida sirviendo, prometió
amarnos hasta el punto de dar su vida por nosotros…y lo cumplió cuando se le
pidió fidelidad. Él nos enseña a vivir con fidelidad nuestros compromisos, ha
cumplir las palabras que hemos prometido. Su testimonio en la cruz es el
“sello” de su amor, es la palabra silenciosa que grita a todo el universo que
el amor se vive hasta la muerte y que las palabras se cumplen con la vida.
Por esto,
Jesús muerto en la cruz y resucitado por su Padre es el testimonio que este
mundo necesitaba. Testimonio que nos habla de la Palabra de Dios que se hizo
carne y ent
¿Encontraremos
un testimonio más grande en nuestros días?
I. Momento de la Palabra
La conciencia de Jesús ante la muerte
La cruz no
llega de manera inesperada a Jesús. Es un hecho, que las Escrituras atestiguan,
que Jesús sabía que moriría como los profetas en Jerusalén (Lc 18,31-33).
Varias veces advirtió a los apóstoles sobre la inminencia de su muerte para que
estos no se escandalizaran cuando esto sucediera. Escuchemos uno de esos
testimonios.
Tomando
consigo a los Doce, les dijo: «Miren, subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo
lo que los profetas escribieron para el Hijo del hombre; le ent
Más adelante
en la Última Cena Jesús hará una clara alusión a su conciencia de que el fin de
su vida entre sus discípulos se acercaba al hablar de la traición de Judas: “El Hijo del hombre se va, como está escrito
de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es ent
Esta
conciencia de que será ent
Si la vida
que había llevado de servicio les había ayudado a los discípulos a comprender
las palabras de Jesús, ahora la Cruz significaba el punto final a esa vida de
servicio. Jesús no era “asesinado” en la cruz, él “ofrendaba” su vida, la ent
Si nos
acercamos a la misma crucifixión de Jesús, podremos comprender la profundidad
de este testimonio. Dos hechos de la crucifixión quisiéramos destacar: el
perdón que Jesús pide al Padre por todos los que lo están crucificando y su
silencio ante los insultos.
El perdón pedido al Padre (Lc 23,34)
Jesús ha vivido toda su vida en continua búsqueda de los
marginados y de los pecadores y ahora muere en la cruz entre dos malhechores
(Lc 23,33). Ha hablado de perdón y ha predicado el amor a los enemigos (Lc
6,27-42; cap. 15) y, ahora, en la cruz, no sólo rechaza la violencia, sino que
perdona hasta a los que le crucifican (23,34) y muere por los que le rechazan.
Jesús nunca se ha preocupado de sí mismo, sólo y siempre de Dios y de los
hombres.
Jesús ya había hablado de perdonar a nuestros enemigos (Lc
6, 27-35), del perdón del Padre hacia su
hijo (Lc 15,11-32), y de perdonar siete veces al día (Lc 17,4). También está la
escena de la pecadora pública a la que Jesús le perdona los pecados (Lc 7,48);
por último tenemos la oración que Jesús enseñó a sus discípulos donde habla de
pedirle perdón al Padre y del compromiso de perdonar los pecados a nuestro
prójimo (Lc 11,4).
Por lo tanto, escuchar a Jesús pedirle al Padre que perdone
a aquellos que participaban en su crucifixión (sacerdotes, escribas, la muchedumbre
y los soldados), nos tiene que hacer pensar en toda sus predicaciones sobre el
perdón. En este momento crucial en el que la obra del Padre está llegando a su
culmen, Jesús no hace otra cosa sino manifestar lo que él mismo había predicado
como parte del mensaje del Reino: el
perdón del Padre. De esta manera, Cristo sella con este testimonio de perdón todo lo
que ha predicado durante su vida.
El silencio salvífico de Jesús
Los insultos a Jesús los encontramos en los tres Evangelios:
el pueblo mira la escena, los magistrados hacen muecas e insultan a Jesús (Lc
23,35), los soldados también lo insultan (Lc 23,36), y de los dos malhechores,
uno también lo insulta (Lc 23,39-43).
Del contenido de los insultos, llama mucho la atención la repetición del
verbo “salvar”, “que se salve a sí mismo”
repetirán cada uno de ellos en distintas formas; 4 veces lo encontramos en
Lucas, 4 en Mateo y 3 en Marcos; ante todos estos insultos Jesús permaneció
callado.
En este silencio se alcanza el testimonio más claro de la
misión de Jesús, “yo estoy en medio de
vosotros como el que sirve” (Lc 22,27).
Jesús nunca había rechazado curar o perdonar a alguien, todo su
ministerio se había preocupado por enseñar a quien lo necesitara, sanar a quien
se lo pedía y perdonar a quien así lo requiriera; pero ahora, Jesús decide “no
salvarse” a sí mismo de la cruz, decide permanecer callado ante los insultos y
tentaciones. Ahora, en la cruz, resiste a la tentación de salvarse a sí mismo
para salvar la humanidad.
Este silencio, es el último testimonio de Cristo. Él ha
hablado todo lo que el Padre le ha pedido, ahora su testimonio en la cruz lo
dice todo. Sus palabras guardan silencio para que su testimonio hable por si
solo.
II. Confrontación con nuestras
vidas
Los jóvenes son muy sensibles ante los anti-testimonios.
Generalmente rechazan a alguien hipócrita o que no sienta lo que dice. Sin
embargo, ellos mismos se encuentran con que en sus vidas hay hipocresía o falta
de testimonio. Esto hace que sucedan dos cosas: o se entristecen y se enojan
con ellos mismos, o les empieza a valer, de tal manera que ya no les afecta
vivir en estos anti-testimonios.
Jesús nos enseña hoy que las palabras se han de respaldar
con la vida, aun y cuando esto nos cueste a veces sufrir. Hoy se nos exige a
todos los cristianos un testimonio claro sobre nuestra fe en el amor de Dios.
Ya no será la tradición o la amenaza de la condenación lo que sostenga nuestra
fe. Ahora ha de ser el testimonio que nosotros demos sobre el inmenso amor de
Dios por la humanidad.
Sin embargo, para este testimonio no basta el esfuerzo
personal. Nosotros somos limitados en nuestras fuerzas. Todos hemos
experimentado caer ante la tentación, aun sabiendo que estamos haciendo mal… lo
hacemos. Por eso, es importante reconocer que para dar este testimonio que nos
pide Dios, ¡necesitamos de Jesús!
Querer ser cristianos sin Cristo es una locura. Para vivir
el amor de Dios, para vivir en la verdad, para ser fieles en la sexualidad y
alegres en las dificultades, necesitamos del testimonio de Cristo. Por eso él
se ha quedado en la Eucaristía, para alimentarnos, para acompañarnos, nunca
para condenarnos.
Se pueden hacer
algunos grupos para discutir las siguientes p
¿Dónde es más difícil dar testimonio como jóvenes
cristianos?
¿Qué podemos hacer para vivir como Jesús y dar testimonio de
nuestras palabras y nuestra fe?
III. Oración
Se puede leer en silencio durante unos minutos, tal vez
dejar que alguien comente qué le llamó la atención de la oración y después orar
con ella todos juntos.
No me mueve, mi Dios, para quererte
El cielo que me tienes prometido;
Ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el
verte
Clavado en una cruz y escarnecido;
Muéveme ver tu cuerpo tan herido,
Muévanme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal
manera,
Que, aunque no hubiera cielo, yo te
amara,
Y, aunque no hubiera infierno, te
temiera.
No me tienes que dar porque te
quiera;
Pues, aunque cuanto espero no
esperara,
Lo mismo que te quiero te quisiera.
Amén.
IV. La
Celebración de la Eucaristía
“Si el pan es uno solo y todos compartimos ese
único pan,
todos formamos un solo cuerpo.” I Cor 10, 16-17
Introducción
Hoy quisiera
que habláramos sobre la experiencia de soledad que experimentan muchísimos
jóvenes. ¿Cuántos jóvenes no se han sentido solos alguna vez en su vida? (Se
puede abrir al diálogo).
La
experiencia de soledad es algo casi natural dentro de la evolución afectiva del
adolescente y el joven. Conforme va creciendo no encuentra en su familia el
“rol” que le corresponde vivir. Es tomado en cuenta poco y parece que siempre
se tiene que estar peleando con su papá o su mamá. Por otro lado, los amigos
son una excelente compañía, pero a veces, por su misma inmadurez afectiva, lo
abandonan o lo decepcionan.
Estas
situaciones provocan una sensación de vacío, soledad o falta de un rumbo claro
en su vida.
Algo
parecido les sucedió a los discípulos de Jesús después de su crucifixión. Se
sentían solos, desamparados, tristes y sin consuelo ante la ausencia de su
Salvador. No comprendían cómo fue posible que aquel que había enseñado con
autoridad, expulsado demonios, liberado a tanta gente y resucitado a Lázaro,
ahora estuviera muerto. Todo “el mundo” se les venía abajo y no comprendían qué
tenían que hacer o cómo habrían de caminar sin él.
Esta soledad
que experimentaban los discípulos, nos ayudará a comprender la importancia de
la Eucaristía como presencia que acompaña y anima a seguir viviendo el
Evangelio de Jesucristo.
I. Momento de la Palabra
Jesús está vivo y presente entre nosotros
El pasaje de
Emaús nos puede ayudar a comprender de alguna manera lo que significó la
Eucaristía para los primeros discípulos.
Mientras conversaban y discutían,
Jesús se les acercó y comenzó a caminar con ellos; pero los ojos de los dos
discípulos estaban velados y no lo reconocieron. Él les p
Uno de ellos, llamado Cleofás, le
respondió: “¿Eres tú el único forastero que no sabe lo que ha sucedido estos
días en Jerusalén?” Él les p
Entonces Jesús les dijo: “¡Qué
insensatos son ustedes y qué duros de corazón para creer todo lo anunciado por
los profetas! ¿Acaso no era necesario que el Mesías padeciera todo esto y así
entrara en su gloria?” Y comenzando por Moisés y siguiendo con todos los
profetas, les explicó todos los pasajes de la Escritura que se referían a él.
Ya cerca del pueblo a donde se
dirigían, él hizo como que iba más lejos; pero ellos le insistieron, diciendo:
“Quédate con nosotros, porque ya es tarde y pronto va a oscurecer”. Y entró
para quedarse con ellos. Cuando estaban a la mesa, tomó un pan, pronunció la
bendición, lo partió y se los dio. Entonces se abrieron los ojos y lo
reconocieron, pero él se les desapareció. Y ellos se decían el uno al otro:
“¡Con razón nuestro corazón ardía, mientras nos hablaba por el camino y nos
explicaba las Escrituras!”.
Se levantaron inmediatamente y
Lc 24,
13-35
Podemos acercarnos a este texto de muchas maneras. Sin
embargo, quisiera que analizáramos la transformación que sucedió en estos dos
discípulos, en los que podríamos ver reflejada toda la comunidad cristiana.
No comprenden la
realidad
En un principio caminan tristes, cansados, solos,
desilusionados, confundidos, porque Jesucristo ya no está con ellos. No
comprenden cómo fue que pudieron matar a quien se supone “sería el libertador
de Israel”. Tan cerrados tenían sus corazones que ni siquiera reconocieron a
Jesús caminando con ellos.
La Palabra los ilumina
Después, Jesús comienza a explicarles las Escrituras. A
través de ellas, Jesús les fue iluminando todo lo que había sucedido, sus
sufrimientos, la muerte y ahora la resurrección. Estas explicaciones fueron
disponiendo el corazón para el encuentro con Jesús.
Su presencia los llena
de vida
Al llegar la cena, Jesús tomó el pan, pronunció la
bendición, lo partió y se los dio. Este gesto ya lo había realizado Jesús en la
última cena. Esta vez sirve para reconocer su presencia. Jesús está vivo, y
está entre ellos. Esta es la gran noticia que día a día se recuerda en la Misa.
¡Jesús está vivo, y está entre nosotros!
Salen a compartir su
alegría
Una vez encontrando a Jesús, los discípulos tienen que
compartirlo. Salen corriendo a comunicarles a los demás su alegría. Jesús está
presente y vivo entre ellos. La realidad que los tenía tristes se ha
transformado completamente. Ahora “ven” las cosas de otra manera, pues Jesús
está con ellos, vivo y lo han reconocido al “partir el pan”.
Podríamos decir que esta narración nos muestra el modelo por
el que la primera comunidad fue descubriendo a Jesús resucitado presente entre
ellos. Su presencia no era sólo una aparición a unos cuantos, sino que ésta se
manifestaba sobre todo, a través de las Escrituras, la cual llenaba de sentido
a la realidad que vivían y a través de la fracción del pan, la cual manifestaba
la comunión de la comunidad con Jesús.
Vemos como los discípulos se ven transformados por la
presencia de Cristo. De tristes, se llenan de alegría; de solos, se gozan de su
presencia; de cansados, corren a comentarlo con los demás discípulos. Así, la
Eucaristía era vista como ese momento de encuentro en el que los cristianos se
veían transformados por la presencia de Cristo. No estaban en misa para ofrecer
sacrificios, estaban en ella para vivir la presencia de Cristo resucitado y
vivo entre ellos por la fracción del pan.
La comunión con Cristo
exige la comunión entre nosotros
San Pablo, nos ayudará a comprender que recordar la última
cena y celebrar la Fracción del Pan o la misa, exige de todos nosotros un
testimonio de unidad con Dios y con los hermanos. Celebrar la presencia de
Cristo es más que un acto individual; es el recuerdo que todos como Iglesia
hacemos y por lo tanto, comulgar con Cristo exige comulgar con el hermano.
Escuchemos qué dice san Pablo.
El Cáliz de bendición que
bendecimos, ¿no es acaso participación de la sangre de Cristo? Y el pan que
partimos, ¿no es acaso participación del cuerpo de Cristo? Pues si el pan es
uno solo y todos compartimos ese único pan, todos formamos un solo cuerpo.
I Cor 10, 16-17
Participar de la Eucaristía significaba unirse con Cristo y
unirse con la comunidad. Cuando los cristianos comulgaban, celebraban la
presencia de Cristo en la Eucaristía, pero también recibían el mandato de
servirse unos a otros. Es como si unieran las narraciones de la última cena y
el lavatorio de los pies. Culto y servicio, Eucaristía y Fraternidad eran dos
realidades inseparables.
¿Cuántas veces nosotros no hemos aprendido esta enseñanza de
san Pablo? Asistimos a misa como si fuéramos solos. Nos sentamos con mucha
gente, pero no nos interesan sus vidas. Podemos ir a misa con nuestro hermano,
al que no le hablamos, y de todos modos pasamos ambos a comulgar. No debemos
olvidar que comulgar en hacernos uno con Cristo, pero también es hacernos uno
con el hermano. No podemos separar la comunión con Cristo, de la fraternidad
entre nosotros.
II. Confrontación con nuestras
vidas
Muchas veces hemos hecho de nuestras celebraciones de misa
un acto individual, obligatorio y vacío de una experiencia de encuentro con
Jesucristo. Asistimos por cumplir lo que nos inculcaron nuestros padres, o por
no tenerme que confesar, o tal vez asistimos y no comulgamos por meses. Después
de recordar lo que significaba para los primeros cristianos la Eucaristía nos
podríamos p
Al principio hablábamos de la soledad en la que caminan
muchos jóvenes. Soledad o tal vez confusión por el bombardeo de ideas e
imágenes que nos confunden en nuestros valores. Vemos jóvenes confundidos por
las ideas de la sexualidad, jóvenes perdidos en la pereza o el placer, en la
droga o la indiferencia. En una encuesta nacional, al 85% de los jóvenes no le
importaba su fe al momento de vivir su sexualidad, ni tampoco al 90% le
interesaba su fe al momento de pensar en los problemas sociales o políticos.
¿Dónde está Cristo en sus vidas… encerrado en un sagrario?
Hoy vemos a Cristo separado de las vidas de los jóvenes.
Caminan como aquellos discípulos de Emaús, solos, confundidos, desilusionados,
porque no han encontrado su verdadera felicidad. Hartos de andar todo el día
corriendo, entre la escuela y el trabajo, vacíos de perder tanto tiempo
haciendo nada, desilusionados de que nadie los toma en cuenta; o tal vez
alegres por cosas tan superficiales que después terminan vacíos. Por esto, la
misa es un momento importantísimo en sus vidas. En ella encuentran la Palabra
de Dios que los guía y la Eucaristía que los alimenta y los llena de la
presencia de Cristo. En la misa se pudieran encontrar con Cristo para vencer
sus miedos y su soledad. Sin embargo, van a misa y no experimentan nada de
esto. ¿Quién se ha equivocado? ¿Cristo que se ha alejado de ellos, o ellos que
no han buscado a Cristo?
Se pueden hacer en
este momento grupos pequeños para compartir ¿Qué nos ha fallado para
experimentar el gozo de la presencia de Cristo en nuestras celebraciones?
III. Oración
Canto: Te pertenezco (Jesed)
V. Nuestra
vida como Eucaristía
Hay
mayor felicidad en dar que en recibir
Este día se podría
vivir una misa en la que se expliquen brevemente los momentos que nos ayudan a
encontrarnos con Cristo: el Perdón, la Palabra, nuestra Ofrenda, la
Consagración y la Comunión.
Si no se
pudiera vivir la misa, se sugiere terminar con un momento frente al Santísimo.
Ya sea que se expusiera el Santísimo o sólo se ar
Canto de Entrada
I. Disponiendo nuestro interior
Lo primero que tenemos que hacer para poder estar con Jesús es callarnos
un momento y disponernos a escucharlo a él. Por este motivo, se sugiere dejar
unos minutos en silencio donde se les pida a los jóvenes dejar todo a un lado y
disponerse a estar en la presencia de Aquel que los Ama.
Lector:
Venimos ante la presencia de Jesús. Sabemos que no hay nadie que nos conozca
mejor que él y a pesar de ello, no hay nadie que nos ame más que él. Por eso,
para comenzar nuestra oración démonos cinco minutos para poner en manos de
Jesús todas nuestras inquietudes, nuestros pensamientos, nuestras
preocupaciones. Las dudas que traemos, la música que no se calla en nuestro
interior, la preocupación por aquel examen o las broncas en el trabajo… todo lo
ponemos en este momento ante el Señor.
Se puede poner música de fondo durante 5 minutos.
II. Momento de la Palabra
Del santo Evangelio según san
Juan. 6, 51-58
En aquel
tiempo, dijo Jesús a los judíos: “Yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo;
el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es
mi carne, para que el mundo tenga vida”. Entonces los judíos se pusieron a
discutir entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”
Jesús les dijo: ”Yo les aseguro: Si
no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener
vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo
lo resucitaré el último día.
Mi carne es
verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe
mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee
la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mí.
Este es el
pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues
murieron. El que come de este pan vivirá para siempre”.
Palabra de Dios.
Reflexión
Jesús se nos presenta como el verdadero alimento, como aquel
pan que nos hará vivir para siempre. En realidad es el alimento que nos hace
permanecer en Dios y nos da lo que ningún otro alimento nos puede dar.
¡Qué importante es darnos cuenta de este hecho! Cuando
comulgamos no sólo cumplimos con un rito, estamos uniéndonos con Cristo. Él
viene a nosotros y se nos ofrece con el corazón abierto, deseoso de hacerse uno
con nosotros. Es como los novios que van buscando a su pareja para compartir
con él o ella su vida, sus gozos y esperanzas, su tiempo y toda su persona. Así
viene Cristo a nosotros en la misa. Deseoso de abrazarnos, de amarnos, de
sanarnos, de escucharnos y caminar con nosotros.
Sin embargo, ¿cuántas veces hemos asistido a misa y no hemos
comulgado? ¿Cuántas veces nos acercamos a presenciar la consagración y no nos
preparamos para recibirlo a Él? ¿Te imaginas tu a una pareja que esté en el
mismo lugar pero no se salude o no se dé un abrazo? ¿Qué pensarías de su amor?
Cristo está en la Eucaristía, deseoso de llenar nuestro corazón de gozo, como a
aquellos discípulos de Emaús a quienes se les llenó el corazón del Espíritu
Santo. ¿Qué estamos haciendo para acercarnos a Él como Él lo hace con nosotros?
Pidámosle a Jesús en este día, que nos permita experimentar
ese gozo enorme de dos enamorados que se encuentran. Que nos llene con su amor,
nos inunde con su Espíritu, que nos ayude a no dejarnos llenar por nadie más
(pereza, indiferencia, drogas, placer, etc) sino Él.
Contempla a Cristo y deja
que te hable a tu interior
Se puede ag
II. Confrontación con nuestras
vidas
Alimentarnos del Cuerpo de Cristo no significa pasar a
comulgar solamente. Alimentarnos del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo implica hacernos
uno con Cristo; Él mismo nos dice: “El
que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él.”
Hemos visto lo que significa vivir lo que él vivió.
Significa vivir sirviendo a los demás, haciendo de nuestra alegría el dar y no
el recibir. Significa dar testimonio de que creemos en Él, tal como Él lo hizo
en la cruz por nosotros. Significa por último, vivir como verdaderos hermanos,
unidos todos en Cristo como un solo Cuerpo.
Pensemos un momento en estos tres compromisos:
¿Qué
compromiso me cuesta más vivir?
¿Cómo me
puede ayudar Cristo a vivir estos compromisos?
¿Qué
propósito me quiero hacer esta Cuaresma para vivir la Eucaristía en mi vida?
Se puede ag
III. Oración y Bendición final
Responsable de este material: Héctor M. Pérez V., Pbro.
Coordinador del Departamento de Pastoral Juvenil