|
Muchas veces se nos critica a los católicos de idolatrar a los santos, a lo cual nosotros respondemos: "no es cierto", pues nosotros no los adoramos, sino los veneramos. Esto es exactamente lo que dice nuestra doctrina católica, pero en mi poca experiencia pastoral yo he visto que no siempre seguimos esta doctrina, y sí damos pie a la crítica de los protestantes. Analicemos un poco la historia y reflexionemos sobre nuestra actitud hacia esta costumbre milenaria dentro de la Iglesia.
|
|
Desarrollo histórico
Desde el siglo IV, con la oficialización de la Iglesia por Constantino, terminan las persecuciones y esto hace que se comience a otorgar un homenaje similar al de los mártires a otra categoría de cristianos. Primero se comenzó a celebrar la memoria de los obispos que habían dejado un recuerdo particularmente significativo. Las iglesias comienzan así el recuerdo de quienes fueron sus padres en la fe. Todos los años, en su aniversario, ruegan por ellos, hasta que llega el día en que ruegan a través de ellos, constituyéndolos así en "santos intercesores". Después de los obispos, comenzará a reconocerse también como sustituto del martirio la vivencia extrema de la ascesis ( son los primeros religiosos) y la virginidad. María será proclamada "oficialmente" en el Concilio de Efeso (431) como la santa Madre de Dios; dicha proclamación fue un reconocimiento de un culto que el pueblo ya efectuaba hacia la Madre de Dios con anterioridad. El desarrollo posterior dependerá de la fama de cada santo. Pedro y Pablo serán de los más recordados; Perpetua, Felicidad y Cipriano les seguirán; Lorenzo y Esteban, etc. Hacia el final del siglo IV comienza la "repartición" de reliquias, "pedazos" de su cuerpo u objetos utilizados por el santo, a partir de los cuales se edificaron basílicas en su memoria. A tal grado sucedió ésto que para el siglo V ya no se concebía la construcción de una Iglesia sin el depósito de una reliquia (práctica que duró hasta 1970, aproximadamente). La liberación de esta referencia "material" del culto del santo la realizaó el papa Gregorio III (713-741) al erigir en la Basílica de San Pedro un oratorio en honor de Cristo y de su santa Madre, así como de "todos los santos mártires y confesores y justos llegados a la perfección, que reposan en el mundo entero". Después de esto, comenzó a desarrollarse la fiesta de todos los santo, celebrada en oriente durante la Pascua y en occidente el 1° de noviembre.
Reflexión
Necesitamos repensar nuestra actitud ante ellos, y purificar nuestra fe. No por que la Iglesia no lo postule así, sino por que nosotros haciendo caso omiso de la doctrina los "utilizamos" en nuestra propia concepción de fe. Los santos no pueden ser amuletos o milagreros. La razón de que nos acercamos a ellos es porque reconocemos que ellos están vivos junto a Jesucristo y a través de la comunión de los santos mantenemos una estrecha unidad; todos formamos parte del Cuerpo Místico de Cristo. Pero su mayor ayuda a nosotros a de ser la del testimonio; su vida es como un grito que nos dice: "si se puede ser fiel". Vivamos nuestra comunión con los santos respetando nuestra tradición. Acerquémonos a ellos como lo que son "fieles testigos de un radical seguimiento de Jesucristo, e intercesores ante Jesucristo para nuestra santificación".
|