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EL SACERDOTE MINISTRO DE LA RECONCILIACIÓN

 

Muchas veces me han preguntado: ¿por qué me tengo que confesar frente a un sacerdote, si él es un hombre que también se ha equivocado? También he escuchado muchas veces la frase: “yo me confieso frente a Dios”. Por eso hoy quisiera compartirles mi experiencia del sacramento de la confesión o reconciliación, esperando poderlos motivar a vivirla con fe.

 

El primero que se siente incómodo al confesar ¡es el sacerdote mismo!, pues nadie mejor que él sabe que no es perfecto, que también ha pecado. Sin embargo, nosotros como sacerdotes, también hemos experimentado la misericordia de Dios, Él nos ha perdonado muchas veces a nosotros y por eso estamos convencidos de la experiencia de misericordia que se suscita en este sacramento. Esto nos mueve a creer en ella y ser sus servidores.

 

Por otro lado, confesarse frente a Dios, es la experiencia que se busca hacer vida en la confesión. Cuando alguien se acerca a pedir perdón frente a un sacerdote, lo hace con la fe que es a Dios a quien le pide perdón. La mediación del sacerdote es tan imperfecta como la del pan y el vino en las especies Eucarísticas. ¿podrá jamás Dios ser contenido en un pedazo de pan o una gota de vino? ¡Imposible! ¿Podrá un sacerdote ser tan santo como para ser digno de representar a Dios en el confesionario? ¡Imposible! Sin embargo, desde que el Hijo de Dios se hizo hombre, nos enseñó en Jesús que sólo a través de las personas Dios se manifiesta. Porque lo que Dios quiere es estar en comunión con nosotros a través de quienes nos rodean.

 

En esto último está la clave de la confesión… en la comunión. Un cristiano no es mejor cristiano cuando se confiesa más, sino cuando vive con mayor profundidad su relación con Dios en el AMOR. ¿Qué une más a unos esposo, pedirse perdón a cada rato o decirse que se aman a cada rato? El amor, la comunión con Dios, es lo que nos salva. En este contexto tenemos que buscar experimentar la confesión: como un acto de amor, de quien sabe que ha ofendido a quien lo ha amado. Así, el sacerdote en el confesionario, es un testigo de la reconciliación que él mismo ha experimentado y que comparte por amor con el Pueblo de Dios. (continuará…)

 


 

EL SACERDOTE MINISTRO DE LA RECONCILIACIÓN II

 

Comentaba en el artículo anterior que mucha gente dice “yo me confieso frente a Dios” y con eso justifica no pararse en un confesionario. Quisiera en este segundo artículo hablar un poco al respecto, ya que no tuve espacio en la hoja dominical anterior.

 

La confesión posee como fundamento una experiencia de reconciliación, es decir, un arrepentimiento de haber ofendido a Dios y el amor que Él nos ha compartido. Sin esta experiencia de arrepentimiento y reconciliación no hay materia para el sacramento. Por eso cuando las personas dicen: “yo me confieso frente a Dios” están diciendo lo correcto, es a Dios a quien se le pide perdón en la confesión, pero se les está olvidando algo.

 

En la experiencia de los católicos creemos que Dios tiene mediaciones humanas concretas para realizar su obra de amor entre nosotros. Estas mediaciones son los sacramentos. A estos los podríamos definir como “signos visibles que hacen presente la experiencia de Dios “invisible” de manera verdadera y real”. El primer y fuente de todos los sacramentos es el mismo Jesús. Es un hombre visible en quien experimentamos la presencia de Dios, invisible, de manera verdadera y real.

 

Por eso en la Iglesia existen los sacramentos que son siete: el bautismo (agua), signo de la vida en Dios; la confirmación (óleo e imposición de las manos), signo del Espíritu que nos capacita para dar testimonio; la Eucaristía (pan y vino), signo de la comunión con Dios; la Confesión (arrepentimiento, confesión y absolución), signo de la reconciliación del hombre con Dios; la Unción de los enfermos (óleo), signo de la fortaleza de Dios para sobrellevar la enfermedad; el matrimonio y el sacerdocio. En cada uno de ellos hay una experiencia de Dios que necesita de una mediación sensible e histórica: agua, óleo, pan y vino, etc.

 

Por eso, en la confesión, le pedimos perdón a Dios, a través de una mediación histórica que es el sacerdote. Arrepentirnos, confesarnos y recibir la absolución por parte de un sacerdote, serían las experiencias sensibles necesarias para experimentar verdadera y realmente el perdón de los pecados por parte de Dios. Negar esto es negar la necesidad del pan y el vino para la Eucaristía, el agua para el bautismo, etc

 

 

 

 

Héctor M. Pérez V., Pbro.

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