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EL CELIBATO, UN DON DE DIOS INCOMPRENDIDO

 

 

Tenemos ya varios años de estar viendo la exposición en los medios de las faltas de sacerdotes al celibato y la castidad. Esto ha despertado malestar y diversidad de opiniones entre los laicos, al grado que son pocos los lugares a los que he asistido últimamente sin que el tema sea parte de la conversación. Lo que más me mueve a escribir estas líneas es que, siendo el celibato, un don de Dios para que su pueblo entienda cuánto nos ama, este pueblo no sólo no está captando este “signo de su amor” sino que además lo está criticando. Consciente de la imposibilidad de agotar el tema, trataré de explicar la esencia de este don de Dios.

 

Históricamente la vivencia del celibato se ha recomendado desde los inicios del cristianismo, pero no siempre se ha exigido; de hecho entre los apóstoles hubo casados y célibes. En el siglo IV el concilio de Elvira lo señala como “conveniente para obispos y presbíteros el celibato, a fin de que nosotros también custodiemos lo que han enseñado los Apóstoles y ha conservado una antigua usanza”. Esto señala que el celibato no fue “inventado” en el siglo IV sino ratificado como una tradición apostólica.

 

Bíblicamente Jesús vivió el celibato y lo aconsejó, advirtiendo: "no todos entienden esto, sino aquellos a quienes les ha sido dado como don Dios por el reino de los cielos" (Cfr Mt 19, 11-12). Según San Pablo (Cfr. Ef 5, 26), Jesucristo -Sacerdote Eterno- ama a la Iglesia con un amor esponsal, y por tanto exclusivo. Esto nos sitúa ante la razón teológica más profunda: Cristo vivió la virginidad como signo de su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres; este amor esponsal por el Pueblo de Dios, no necesariamente carnal pero si real, permite a Jesús realizarse plenamente como persona.

 

Humanamente no podemos afirmar que el celibato sea más difícil de vivir que el matrimonio, pues si comparamos las dificultades que vive un matrimonio con las del sacerdocio, quedaría claro que ninguna de las dos vocaciones son fáciles; ambas exigen voluntad, inteligencia y libertad para vivir el amor y la fidelidad. Bien vividas, ambas vocaciones conducen a una plenitud de vida que da Gloria a Dios. Tampoco es contrario a la naturaleza, pues la fecundidad a la que está llamado el ser humano no se reduce al orden biológico; y esta opción no es desprecio de lo corporal, sino renuncia a ello con voluntad y libertad por un bien mayor, como lo es el Amor de Dios por su Pueblo.

 

 

 

 

 

 

Héctor M. Pérez V., Pbro.

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